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Timor Oriental, cumpleaños agridulce
Las calles de Dili, la capital de Timor Oriental, habitualmente somnolientas, gozan estos días de una peculiar efervescencia. El país más joven y pobre de Asia conmemora en estas fechas, henchido de orgullo pese a las dificultades, el décimo aniversario de su concepción nacional. El 30 de agosto de 1999 cuatro de cada cinco habitantes de esta antigua colonia portuguesa se pronunciaron a favor de la independencia en un referéndum auspiciado por Naciones Unidas. Nada querían con una Indonesia que, a pesar de la proximidad geográfica y -a grandes rasgos- cultural, los había invadido y maltratado sistemática y salvajemente durante un interminable cuarto de siglo, desde la retirada lusa en 1974.
Ahora se suceden en Dili los seminarios y los actos oficiales, acuden activistas de medio mundo a apoyar la causa, florecen exposiciones aquí y allá,… incluso una vuelta ciclista está recorriendo el escueto territorio timorense para recordar sus primeros pasos hacia la ansiada libertad.
Pero, ¿qué celebran? La situación actual permite ser muchísimo más optimista sobre el futuro del país que hace tan sólo año y medio, cuando un frustrado doble atentado contra los actuales presidente y primer ministro sacudió el país. Pero el trabajo por delante es ingente, a veces descorazonador. Sus comprensibles aspiraciones de autogobierno están topando con una infinidad de obstáculos políticos, sociales y económicos. Una década después del referéndum, Timor Oriental parece un niño probeta al que Naciones Unidas nunca podrá retirar la asistencia que lo aferra a la vida.
Visitar Timor me marcó profundamente. Me enamoró, pero me dejó un profundo desasosiego. Las tropas extranjeras siguen desplegadas, convertidas en el baluarte de la estabilidad. El 80 por ciento de la población vive con medio dólar al día. El país apenas produce nada fuera de alimentos, la mayoría de lo que se consume proviene del extranjero -y casi en exclusiva de Indonesia-, lo que dificulta la consolidación de una voz propia. La economía interna es muy dependiente de los miles de trabajadores de la ONU y voluntarios que se han desplazado al país, y su salida, siempre pospuesta, generaría una crisis. El gobierno es incapaz de ejecutar gran parte de su presupuesto. Las deficiencias en infraestructuras y sanidad son tremendas. Las violaciones de Derechos Humanos cometidas durante la invasión indonesia y su retirada continúan impunes. Hay serias dificultades para encontrar libros de texto en portugués, el idioma oficial, para que estudien los más pequeños, lo que está hipotecando el futuro.
Y, sobre este revuelto telón de fondo, varias potencias extranjeras sin escrúpulos, entre ellas Estados Unidos, Australia y China, recurren a este peón del Sudeste Asiático para su particular ajedrez global. Así, con presuntas ayudas al desarrollo, intentan influir sobre Timor para lograr una posición de fuerza que más adelante les permita arrancarle favores a Dili. Ya sea como aliado sumiso o topo en foros multilaterales (se especula con su entrada en la ASEAN y el APEC) o en forma de suculentos contratos, en la explotación de sus recursos petrolíferos o en la reconstrucción de este incipiente país.








