Juan Palop, sigue su blog asiático aquí
Recorro el epicentro de la desgracia del salvaje terremoto que sacudió el 2 de septiembre la indonesia isla de Java. Cipatujah, Sukasetia, Cikang Kareng, Tasikmalaya,… nombres algunos que una cruel ironía de la historia ha hecho que pongamos en el mapa cuando ya han desaparecido. Avanzo con enormes dificultades por entre lo que queda en pie de las humildes aldeas que arrasó el seísmo.
Camino sobre un crujiente, anárquico e inestable naufragio de maderos, baldosas rotas y ladrillos que hace tan sólo unas horas fueron casas y que ahora, de golpe, se han convertido en tumbas. Cuento los muertos por decenas, los heridos por centenares y, por miles, a los que han perdido su casa y están durmiendo al raso o de prestado. Hasta marearme.
Pero lo que más me ha llegado, por encima del horror, de la angustia, la arbitrariedad y el miedo, lo que me deja profundamente admirado y me permite regresar a casa aferrado a un hilito de esperanza y no hundido en la desazón es la fortaleza de hierro de los indonesios. Despierta algo abrupto, indescriptible, brillante en lo más profundo de mí. Algo que no he sentido nunca. Este pueblo azotado por las calamidades está lleno de supervivientes natos, de seguidores de un vitalismo apasionado y, para mí, casi insólito. Inexplicable. Son gente acostumbrada a arrostrar la peor de las tormentas sin torcer el gesto. Personas con una entereza sobria y envidiable -quien sabe si hija mestiza de las penurias perpetuas y siglos de desastres naturales- que les hace dar por descontado algo que para nosotros es un tabú: que la muerte es parte de la vida y que está intrínsecamente entrelazada con nuestro día a día.
Por eso, cuando irrumpe la tragedia y golpea con furia irracional, su mundo no se paraliza, como ocurre en el nuestro. El camino se hace al andar, como decía el poeta, y en Indonesia, me atrevo a añadir, nadie se detiene ni un momento. Hay que seguir adelante. Ni siquiera puede uno pararse a llorar a un hijo o a un nieto. No porque no haya ganas, porque no se sienta un vertiginoso vacío en el estómago. En eso somos exactamente iguales. Sino porque de la tristeza no se come y esa es la principal preocupación de muchos en este archipiélago de titantes. Así, uno entierra a sus muertos sin rechistar, aprieta los dientes y sigue adelante, con lágrimas silenciosas, abriendo camino. Buscando, igual que ayer, la forma de comer mañana.
/Juan Palop es periodista corresponsal español en Indonesia y asiduo colaborador de El plumilla./








