Fernando Mexía, El plumilla.
Las colas son un suplicio antinatura contrario a nuestros instintos más primarios. A hacer cola uno aprende a la
fuerza como consecuencia de la vida en sociedad. Es una forma de impedir que nos asfixiemos unos a otros con bolsas de plástico henchidos de ira con tal de ser los primeros en pagar en medio del barullo comercial; no nos engañemos, en el universo de las compras rige el sálvese quien pueda. Las colas nos muestran el camino a seguir entre el tumulto.
Las colas se hacen y punto. Todo el mundo sabe eso, incluso quienes no las respetan. Son la sublimación del derecho consuetudinario, ese que convierte en ley las costumbres. Es más, son un signo del grado de civismo de un país. Cuanto más desarrollado es, mejor se hacen las colas. Vayan ustedes a Japón y verán de lo que les hablo. La picaresca, forma cariñosa de denominar al fenómeno del caradura, no es algo de lo que tengamos que sentirnos orgullosos como españoles por muy buena que sea la historia del Lazarillo de Tormes, es un mal endémico que sufrimos quienes creemos en la paz social.
Durante mucho tiempo fui de esos que me dejaba pisotear en las colas, que veía con indignación y silencio cómo oportunistas de diversa calaña se saltaban a la torera el ritual del “espere su turno”. Miraba atónito, ojos fuera de las órbitas y vena del cuello hinchada cual broca del ocho, cómo se atropellaban mis derechos con impunidad y alevosía. No sé cuándo fue que dejé de callarme, desde entonces he pasado de ser víctima a cazador. Si hay que enseñar los dientes, se enseñan.
Tras años de abuso y observación terminé por clasificar a los susodichos “pícaros” en diez categorías que, ahora que llega la Navidad, temporada alta de colas, creo que es conveniente repasar. Mi experiencia me dice que se planta cara de mejor manera cuando se les ve venir.
Primero una regla general: ojo con la tercera edad. Pueden parecer personas indefensas pero muchas esconden un espíritu indomable detrás de esa permanente de peluquería y esa chaqueta de punto dada de sí. No entienden de colas, quizá porque están de vuelta de todo. Conviene estar alerta. Generalmente son mujeres mayores, aunque se van sumando hombres.
Perfiles de asalta colas:
Familiar: la señora de toda la vida. Fácilmente reconocible por sus ínfulas de VIP de charcutería. Entra en el comercio con señorío e hidalguía asiendo un carrito de la compra. Esta gente se cuela con clase, son las aristócratas de la mortadela con aceitunas. Llaman al tendero por su nombre, seguramente le preguntan por algún familiar y le recuerdan lo salao que era de pequeño para demostrar a los presentes que ella es como de la familia. Algunas lo hacen tan bien que uno podría llegar a pensar que realmente son accionistas en el negocio. Siembran el desconcierto en quienes hacen la cola. Entablada la conversación con el dependiente no tardan nada en hacer su encargo. Sorprende la desfachatez con la que ignoran a los que estaban allí antes que ella, a los plebeyos que van con su bolsa de plástico con agujeros y lista de la compra en ristre. A veces he tenido la sensación de que estas veteranas del mercadeo no ven la cola como tal si no como un montón de gente que les hace el pasillo para rendirles honores, igual que cuando un equipo de fútbol gana la Liga. Son duras de pelar, incluso si uno les llama la atención es muy probable que se resistan y planten cara. Están convencidas de que tienen licencia para colarse.
Despistado: curioso espécimen. Suele moverse con sigilo y aires de indiferencia. Uno podría pensar que no tiene intención de comprar nada, que está de paso o esperando a alguien. Nada más lejos de la realidad. Aguarda hasta que los que hacen cola se acostumbran con su presencia y bajan la guardia. En ese momento mira al tendero a los ojos y le hace su pedido ante la perplejidad de los que están allí. Si alguien le increpa y le invita a hacer cola como el resto de los mortales suele recular a regañadientes con una frase del estilo: “Ah, no me había dado cuenta pero, bueno, ahora ya he pedido”.
Estratega: éste no hace cola porque de hecho no va a comprar, o eso dice. No guarda las formas. Camina derecho al dependiente haciéndose notar. Si se le menciona la cola se excusará con un rápido “no, no, si solo quiero hacer una pregunta”. ¿Cómo negar eso, no? Error. La pregunta suele ser si tiene tal o cual producto, una duda que en muchos casos se despeja a simple vista. La mercancía está expuesta delante de sus narices. Tras el “sí” del tendero, dispara su petición. Normalmente utiliza un inocente “cuando puedas me pones” y se hace a un lado mientras los demás se muerden la lengua.
Agazapado: parecido al estratega con la diferencia de que en este caso, la persona se hace pasar por uno más de los que espera su turno. Es frecuente encontrarse con estos ejemplares en establecimientos en los que hay que coger número o pedir la vez y no hace falta estar en fila. Aprovecha un momento de duda sobre quién es el siguiente o la proximidad fortuita con el tendero para atacar con el mágico “cuando puedas”.
Educado: sin trampa ni cartón. Directamente pide por favor que se le permita colarse. Emplea expresiones como “te importa que pase antes que tengo prisa” o “sólo llevo una cosita y tengo el coche en segunda fila”. En ocasiones, esas buenas maneras ocultan a un profesional en esto de saltarse colas. Hay gente que utiliza esta técnica habitualmente, hay incluso otros que dicen que “solo llevan una cosita” y luego resulta que es mentira y tampoco tienen tanta prisa. Abusan del buen corazón del que está en la cola. Son los reyes del timo.
Espabilado: éste es carne de cañón de cola de supermercado. Lleva a rajatabla lo de que “los últimos serán los primeros” y sale corriendo cuando ve que se abre la caja de al lado para liderar la nueva cola después de que la cajera diga que se respete la fila y “pasen en orden”. Suele creerse más listo que nadie y se va del súper con sensación de triunfo. Uno puede caer en el error de pensar que debido a que requiere de cierta velocidad y reflejos ésta es una categoría solo de jóvenes, pero eso sería pecar de principiante. Todos hemos visto a ancianas pasar de cero a cien en tres segundos para imponerse a los demás en esa carrera. Algunas empujan. Cuidado con las que llevan bastón.
Olvidadizo: un caradura como los demás. Al igual que el educado va de honrado y es difícil de calar porque de hecho está en la fila y va delante de ti. Nada sospechoso de que pretenda colarse. Se trata de un sujeto que te pide que le guardes el sitio un momento porque se ha olvidad de un producto. Luego no le ves el pelo hasta que ya le iría a tocar el turno, entonces llega cargado con una mula, corriendo y con una sonrisa. Espeta un “gracias”. Es una técnica muy empleada para ganar tiempo y no hacer cola cuando ésta es muy larga.
Territorial: variante del olvidadizo. En este caso, la persona que va delante desaparece de la fila pero marca su territorio con la cesta de la compra y le pide a quien va detrás que haga el favor de ir moviéndola poco a poco hasta que vuelva. Suele comentar también que se le ha olvidado algo.
Tándem: una forma legal de colarse. Realmente hay alguien haciendo cola y respeta el orden mientras su pareja hace la compra. Una situación normal que puede terminar en abuso porque uno nunca sabe cuántos productos van a adquirir. No es extraño que la parte comprante aparezca en el último momento con un carrito lleno a rebosar ante los suspiros de injusticia de los integrantes de la cola. La tropelía es mayúscula cuando además invocan el servicio de reparto a domicilio. Ante esa circunstancia es mejor mudarse en busca de colas más prometedoras.
Suerte esta Navidad y felices fiestas.













