Juan Palop, sigue su blog asiático aquí
El año 2009 quedará como uno de los eslabones decisivos -que no finales- del asalto político de Asia a las más altas esferas del poder mundial. Como el momento en el que el continente más poblado empezó a ver reconocido su papel en la escena internacional. La crisis económica global, originada en Occidente y no tan severa en Oriente, tiene gran parte de culpa.
Ejemplos hay muchos. Estados Unidos resolvió el fiasco de la Cumbre del Cambio Climático de Copenhague con cuatro países emergentes, entre los que China e India llevaron la voz cantante. En este encuentro, a la anquilosada UE tan sólo le “comunicaron” el acuerdo final, para que se sumara sin rechistar al deslucido consenso. Otros: el primer viaje oficial de la secretaria de Estado norteamericana, Hillary Clinton, visitó Japón, China, Corea del Sur e Indonesia. La primera visita de un jefe de gobierno a la Casa Blanca en la era Obama la protagonizó el primer ministro indio, Manmohan Singh.
No obstante, el gesto más significativo en este sentido fue el “harakiri” del G-8, el club de los ricos, en favor del G-20 -un grupo más heterogéneo y representativo que incluye países en vías de desarrollo- para lidiar con los embates de la recesión global y trabar soluciones económicas globales. Las repercusiones para Asia son patentes. Hagamos números.
En el G-8 tan sólo Japón representaba a Asia, lo que suponía un 12,5 por ciento del total; mientras que el G-20 acoge a siete países asiáticos (Japón, China, India, Indonesia, Corea del Sur, Turquía y Arabia Saudí), elevando la cuota de participación regional hasta el 35 por ciento. Asia se convirtió así en el continente con mayor representación, por encima de Europa (30 por ciento), América (25 por ciento), África (5 por ciento) y Oceanía (5 por ciento).
La realidad, sin embargo, es mucho más compleja que este simple juego de cifras. Aunque ahora pueda ejercer una mayor presión, Asia no podrá aprovecharse de forma efectiva de su mayoría en el G-20, ya que este foro funciona por consenso y no mediante votaciones. Además, el continente sigue en minoría frente a Occidente y claramente minusvalorado. Si tomamos como elemento de referencia la población, su porcentaje en el G-20 debería superar el 60 por ciento. Y si elegimos el Producto Interior Bruto regional como factor determinante, Asia tendría que acaparar el 40 por ciento de los asientos.
Pese a estos matices, parece indudable que la inclusión de un significativo número de voces asiáticas en el nuevo foro de discusión relevante a nivel global es un paso determinante en la (¿inevitable?) conquista asiática del poder político mundial. Ahora queda por ver cómo reacciona el continente y cómo asume su liderazgo.








