Lo escribo desde el estómago, porque esto es visceral. Desde la incredulidad de lo inimaginable y con la ilusión del novato, pero con inagotable hambre de victoria alimentada por años de frustración futbolística. Lo escribo para que conste, por todas esas veces que me acabé atragantando con mi entusiasmo por culpa de algún gol fantasma, un fallo imperdonable en el área pequeña, alguna cantada inexplicable, un penalti errado a destiempo y arbitrajes de juzgado de guardia. Lo cuento para desterrar esa cara de tonto a la que parecía abonado cada cuartos de final. No sé si será una combinación zodiacal, un pulpo adivino, cuestión de probabilidad o simple superioridad balompédica, pero la selección española está a las puertas del milagro mundialístico, que incluso a estas alturas me resulta tan increíble como aquello de convertir el agua en vino.
El domingo en Johanesburgo el sabor a victoria está garantizado. Después de superar el agónico encuentro contra Paraguay cualquier resultado es un éxito. Doblegar a los germanos en el siguiente encuentro no hizo más que endulzar el dulce. La final contra los holandeses es un regalo que hace justicia histórica. Dejar pasar la oportunidad de levantar la copa del mundo sería, no obstante, una torpeza mayúscula. No la vamos a volver a tener tan a huevo.
Llegó el momento de lavarse la boca de sinsabores y ganar porque toca, porque se necesitan alegrías, símbolos de unidad entre tantas miserias, porque el equipo hace patria en el país de las mil patrias. Hay que vencer para curar heridas, porque otro gallo nos habría cantado si Cardeñosa hubiera metido aquel gol a portería vacía contra Brasil en el Mundial de Argentina 78 o si hubiésemos dado la talla en España 82.
Habrían cambiado las cosas si el árbitro hubiera pitado el tanto de Michel ante los cariocas en México 86 y Eloy hubiese acertado su pena máxima contra Bélgica en ese torneo. Si en Italia 90 no se nos hubiera cruzado por el medio el acierto del yugoslavo Stojkovic y si cuatro años más tarde Salinas no se hubiera llenado de balón en su mano a mano con el portero boloñés Pagliuca. Eso nos habría evitado el drama del codazo de Tassotti a Luis Enrique y una eliminación con sangre, sudor y lágrimas.
De olvidar fue también Francia 98, con una lamentable derrota inicial ante Nigeria con autogol de Zubizarreta, de esos que valen para cualquier zapping de cantadas gloriosas, y de poco sirvió que Camacho sudara la camiseta -la camisa en su caso- como uno más en los cuartos de final frente al anfitrión surcoreano en el Mundial de 2002. El ya mítico nefasto arbitraje del colegiado egipcio Al Gandour fue suficiente para anular un centro de Joaquín que acabó en gol y enviar al equipo a la lotería de los penaltis.
Los “bleus” de Zidane nos mandaron para casa en Alemania 2006 después de que Villa inaugurara el marcador. La Eurocopa 2008 llamó a la puerta de la “roja”. Una victoria más en Sudáfrica es lo que falta para confirmar que todo es posible en esto del fútbol, incluso ganar el Mundial.









#1 by Bourse en ligne on 18/11/2011 - 7:24
un moment a effacé de notre mémoire collective. Il faudra capitaliser sur le travail de Blanc pour avancer de nouveau!