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Economía miope
Por Fernando Mexía - Columnistas, Economía, featured, Óscar García Muñoz - 23/06/2009
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A largo plazo…
Cuando un economista de la escuela neoclásica intentaba refutar sus argumentos al británico John Maynard Keynes, le insistía aquél en que los planteamientos de éste no se cumplían a largo plazo. Parece ser que Keynes le respondió con una frase que ha tenido mucho éxito como chascarrillo: “A largo plazo, todos muertos”, para tumbar al neoclásico. Eso cuenta el anecdotario, desconozco cuanto hay de mito.
El periodista italiano Beda Romano ha publicado un reciente libro en el que entrevista al ex ministro italiano de Finanzas del último gobierno de Romano Prodi, Tommaso Padoa-Schioppa, que titula como “La mirada corta”. Precisamente, Padoa-Schioppa atribuye la crisis actual a una mirada cortoplacista sobre la evolución económica: el resultado inmediato, el beneficio al momento, descartando construir un sistema tanto productivo como de recompensas que fuese sostenible a largo plazo, porque aunque nos muramos al final, entre medias tenemos que vivir. Lo llamativo es que esa mirada corta no venía de los keynesianos, sino de los neoliberales, que impusieron su punto de vista desde los años ochenta.
La forma más manifiesta de cómo se ha generado esta vista corta está en el endeudamiento. El mundo ha vivido unos “nuevos años veinte”, donde el crédito ha fluido como si tuviese un caudal amazónico y donde el gran acreedor tradicional, Estados Unidos, ha pasado ha tener un doble déficit (público y de balanza comercial) que se ha revelado insostenible. A esto hay que sumar que la banca no miraba a quién dar el dinero: daba igual los riesgos, porque de forma inmediata crecía la cartera de créditos y las provisiones por morosidad no eran elevadas, puesto que la bonanza económica maquillaba esos riesgos. De este modo, a corto plazo, se generaban más beneficios y se repartían más dividendos y en paralelo el mercado bursátil vivía una nueva edad de oro.
Receta de Padoa-Schioppa: una supervisión del sistema bancario a un nivel superior al simplemente nacional. De hecho, el ex ministro se muestra muy crítico con la decisión, cuando se fundó el Banco Central Europeo, de que este organismo sólo controlara la política monetaria y supervisara el sistema crediticio, que quedaba en manos nacionales. Sin embargo, su principal argumento está en la necesidad de crear estructuras que domestiquen la globalización, que se ha desarrollado bajo la ley del más fuerte. Tal vez sea un punto de vista para reflexionar para que todos lleguemos al largo plazo…
Silencio histórico
Por Fernando Mexía - Columnistas, Juan Palop, featured, sociedad - 06/06/2009
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La primavera de Pekín
En China se protesta estos días en silencio. Este 4 de junio, como en los últimos veinte, el aniversario de la masacre de Tiananmen ha venido envuelta en el más absoluto vacío informativo. Redes sociales como Twitter y servidores de correo electrónico como Hotmail han sido bloqueados. La señal de las cadenas internacionales se ha interrumpido y el miedo se ha encargado de acallar a los medios locales. En la plaza donde murieron tiroteados y aplastados por los tanques unos 2.000 estudiantes hay más policías que turistas. Nadie ha osado a llevar flores al pie del Monumento de los Héroes del Pueblo, donde se hicieron fuertes los manifestantes que en la Primavera de Pekín de 1989, como en la de Praga de 1968, se levantaron en palabras exigiendo libertad, derechos y democracia. En este gran cementerio sin lápidas tuvo lugar la mayor humillación política del régimen comunista chino.
Así, el desconocimiento de la tragedia en el gigante asiático es abismal. Asusta. La inmensa mayoría de los universitarios del país nunca ha visto la archiconocida fotografía del hombre que plantó cara a los tanques, icono de la resistencia pacífica del pueblo frente a la violencia del Estado.
Tan sólo en la ciudad de Hong Kong, que por su pasado colonial británico dispone de una gran autonomía, se permiten las protestas. Recuerdo como si hubiese sido ayer la vigilia en memoria de las víctimas de Tiananmen que yo viví en la ciudad de los rascacielos. Fue un acto muy emotivo. Aquella noche de bochorno húmedo, varias decenas de miles de chinos con velas se concentraron en el mayor parque de la metrópoli para impedir que el tiempo y los cambios entierren en olvido tantísimas muertes.
Porque eso es lo que pretende Pekín. Que la mejora de la calidad de vida de cientos de millones de ciudadanos, aliñada con una buena dosis de desinformación, anestesie las demandas políticas y sociales de las nuevas generaciones. Silencio y progreso. Porque, de hecho, uno de los escasos cambios que siguió a la masacre fue la aceleración de las reformas económicas que han llevado a China a convertirse en el gigante que es.
Carmela Soprano, ahora enfermera
Por Fernando Mexía - Columnistas, Espectáculos, Kubelick, featured - 06/06/2009
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Enfermera Edie
Ser popular es la bendición y la cruz de los actores. Que cualquier fulano llegue algún día a reconocerte por la calle y a llamarte por tu nombre es el anhelo que compensa miles de noches poniendo copas en los bares y otras tantas mañanas memorizando separatas en las colas de los casting. Cuando llega el momento de la gloria, las marujas les paran en el supermercado pidiendo que estampen su firma en un paquete de cereales, las adolescentes se pisan unas a otras por conseguir un mechón de pelo y los raritos sin amigos les mandan cartas en las que nunca falta la frase “solo yo puedo entender tu soledad”. Los actores reivindican entonces su derecho al anonimato, cuando ya es tarde.
En este tema, como en muchos otros, se pone de relevancia la diferencia de clases que aún separa al cine de la tele. El espabilado productor llamado Tom Hanks no se cansa de subrayar que es en la pequeña pantalla donde se encuentran las grandes historias. Pero él, que no necesita dar tarjetas de visita en las reuniones para que los ejecutivos de las cadenas se queden con su cara, no va a protagonizar ninguna de ellas. ¿Para qué? La gente que trabaja todos los días en lugar de tres meses al año lo hace por obligación, no porque quiera. Y eso es igual en Hollywood o en el Ayuntamiento de Villanueva del Pardillo.
Un actor en activo en la tele, no sólo curra más que en el cine, sino que tienen un plus de molestia añadido a la popularidad: la versión cuerda de la esquizoide sensación “es como si fuera mi colega de toda la vida” que nos produce a los espectadores convivir con sus personajes, todos los martes, todos los domingos, todos los días los más adictos. Integramos sus ficticias historias en nuestro entorno cotidiano, les dedicamos más tiempo, a veces, que a un amigo o a un hermano. Obviamos al actor y adoptamos al personaje. Nueve de cada diez personas que coincidieran con Hugh Laurie en la cola del cine se sentirían tentados a charlar con él de manera espontanea, con toda confianza. No lo hacen, claro, sobre todo por miedo a que, al más puro estilo doctor House, el actor les espetara “¿le conozco de algo?”.
Toda una parrafada para justificar que se me ha hecho muy difícil enfrentarme al primer capítulo de Nurse Jackie aislando el hecho de que la prota sea Edie Falco. La Jackie del título, el personaje interpretado por Falco, es una experimentada y poco ortodoxa enfermera de urgencias de un hospital de Nueva York. Lo primero que me pasó por la cabeza cuando la vi aparecer, embutida en el pijama azul, fueron las uñas de Carmela Soprano, “¿cómo narices va a ser capaz de coger una vía esta mujer?”, pensé. Sin embargo, más allá del personaje, Falco es una actriz prodigiosa, así que, en pocos minutos, ya entendía de qué iba esta otra veterana de la vida, sufrida y apaleada, feminista y currante, en las antípodas de la gran dama de Nueva Jersey.
Nurse Jackie es marca Showtime y, como tal, está hecha a imagen y semejanza de las más exitosas producciones de la cadena en la que se emite. Jackie echa un polvo donde le pilla, toma drogas a diario e impone su propia ley. Californication, Weeds, Dexter. Muy bien escrita y muy bien grabada, una serie estupenda que no me ha enganchado nada. ¿Lo mejor? Ella. Sin medias tintas: está soberbia. Porque es un pedazo de actriz que valen un potosí. Como Glen Close o como Sally Field, estrellas de cine repudiadas que aún conservan su nombre propio y que, sin duda, preferirían hacer una peli al año y dedicarse a vivir los nueve meses restantes. Pero solo la tele les valora (o sea, les paga) la veteranía. A diferencia de ellas, Falco será siempre más Carmela que Edie. Que no poco.
Pakistán en el ojo del huracán
Por Fernando Mexía - María Benito, featured - 18/05/2009
María Benito, periodista
Pakistán lucha ahora contra los talibanes
El ejército paquistaní lanzó hace unas semanas una ofensiva contra los talibanes en el noreste del país, zona que los grupos de insurgentes controlan desde hace tiempo. La prensa lleva este último mes dando cuenta de los ataques, avances y retrocesos, de las bajas (aunque resulta muy difícil calcularlas con precisión) en ambos bandos, así como de la catástrofe que puede desencadenar el más de un millón de desplazados a causa de los combates.
Pero la situación no se está complicando en Pakistán, es que nunca fue sencilla. Para empezar a entender, hay que contextualizar y retroceder en el tiempo. Ya saben: de aquellos barros, estos lodos… La pregunta no es ¿qué está pasando en Pakistán?, sino ¿qué está sucediendo en la región? Porque tiene mucho que ver la guerra en Afganistán, la cuestión no resuelta sobre el territorio de Cachemira y las políticas de apoyos y enfrentamientos llevadas a cabo por países como Estados Unidos, Rusia, Irán o Arabia Saudí.
Me parece interesante, sobre este tema, la lectura del último libro de Ahmen Rashid, periodista y analista político especializado en el sur-centro de Asia, titulado Descenso al caos. EEUU y el fracaso de la construcción nacional en Pakistán, Afganistán y Asia Central. Aunque al leerlo hay que tener en cuenta que el autor tiene sus preferencias y sus teorías y, por poner un ejemplo, su descripción sobre la persona y el papel de Hamid Karzai (presidente de Afganistán) difiere de la que hace en algunos artículos la revista Time, es cuestión de perspectivas.
La ofensiva actual
A finales de abril el ejército de Pakistán emprendió, finalmente, una campaña contra los talibanes en la Provincia de la Frontera Noroccidental (NWFP, siglas en inglés), en concreto en el Valle del Swat, que estaba en manos de los talibanes desde hace dos años y que se encuentra aproximadamente a unos 100 kilómetros de la capital, Islamabad.
El enfrentamiento entre el ejército y los talibanes, además de causar bajas en los dos bandos, ha provocado que haya más de 1.100.000 desplazados según ACNUR, a los que hay que sumar el medio millón de personas que huyeron de la región el año pasado ante el avance talibán.
La presencia de los talibanes en esta zona y sus ataques no son nuevos (desde julio de 2007 los atentados han dejado más de 1.800 muertos); fueron entrenados, financiados y armados por el ejército y por los servicios de inteligencia (ISI, siglas en inglés) paquistaníes y se refugiaron en la NWFP en 2002 tras la persecución emprendida por Estados Unidos en su guerra contra el terror en Afganistán.
En febrero, el Gobierno paquistaní firmó un alto el fuego con los talibanes (que lo aceptaron a cambio de imponer la ley islámica -’sharia’- en seis distritos), pero los milicianos aprovecharon este cese para tomar otros dos distritos del noreste (Bajo Dir y Buner). Washington calificó el alto el fuego de “capitulación” y presionó a Islamabad para que lanzase una ofensiva. EEUU teme que los talibanes accedan a las armas nucleares que posee Pakistán, tal y como afirmó hace unas semanas la secretaria de Estado Hilary Clinton. Aunque los responsables paquistaníes siempre han negado que pueda producirse algo así. (Pakistán es, al igual que India, una potencia nuclear desde 1998. No firmó el Tratado de No Proliferación Nuclear y mantiene en secreto el número de armas que tiene y dónde las guarda, aunque se calcula que posee entre 60 y 100 cabezas nucleares).
El portavoz de las fuerzas armadas paquistaníes, el general Abbas, calcula que la insurgencia está compuesta por unos 4.000 hombres armados, aunque otras fuentes dicen que hay hasta 7.000 milicianos. A estos insurgentes se enfrentan entre 12.000 y 15.000 soldados paquistaníes. Abbas no ha querido dar una fecha para el fin de esta “ofensiva a gran escala” y ha garantizado que las tropas permanecerán en la zona “hasta que la tomen por completo y la paz sea restaurada”.
Por otra parte, según la agencia AFP, un portavoz de los talibanes del Swat declaró recientemente que quieren imponer la ’sharia’ en todo Pakistán. Además, los talibanes están recurriendo al secuestro de empresarios y personas acaudaladas para financiarse. Tal y como publicó El País, la policía ha confirmado que en lo que va de año ha habido 169 denuncias de secuestros, aunque el miedo impide a los familiares de las víctimas reconocer que han pagado los rescates exigidos.
Si se consigue erradicar el dominio de los talibanes en esta zona, habrá que invertir en reconstrucción y será necesaria la presencia de un cuerpo de policía preparado para mantener el orden. Pero ahora mismo parece difícil que se vayan a dar ambas condiciones.
Antecedentes
En 1947 se llevó a cabo la partición del Raj británico en dos nuevos estados: India y Pakistán (que hasta 1971 incluía al actual Bangladesh). Pero no quedó resuelta la disputa por Cachemira, que ha ocasionado varios enfrentamientos entre ambos países y ha provocado una enemistad y desconfianza mutuas que todavía perduran.
Desde el principio, Pakistán, que ha estado casi siempre dominado por el Ejército, ha organizado su política centrándose en dos aspectos: su enemistad con India y su interés por instalar un Gobierno amigo en Afganistán. Por eso apoyó a Al Qaeda y a los talibanes.
Pakistán apoyaba abiertamente a los talibanes antes del 11-S: Al Qaeda ayudó a entrenar a los milicianos cachemires (para que se enfrentaran con India) y esperaba tener en los talibanes al Gobierno amigo en el país vecino. Tras el 11-S, tanto el general Pervez Musharraf (jefe del Gobierno paquistaní en 2001) como el ISI llevaron a cabo un doble juego, una política de “sí, pero…”. Estados Unidos fue claro tras los ataques de 2001: o con nosotros o contra nosotros. Y necesitaba el apoyo de Pakistán para poder librar la guerra en Afganistán.
Musharraf se alineó con EEUU (con condiciones: pidió que se levantaran las sanciones que les habían impuesto con anterioridad y solicitó ayudas económicas, que recibieron) y prometió ayudarles, pero no hizo nada para terminar con los talibanes y el ISI, según afirma Rashid, siguió proporcionándoles armas tras el comienzo de la guerra y también les ayudó a escapar de los ataques de EEUU. Además, se les permitió refugiarse en la NWFP, donde hasta ahora han mantenido su propio feudo. Ahora Pakistán parece decidido a combatirlos, habrá que esperar y ver. Y no hay que olvidar que los talibanes siguen combatiendo en Afganistán, pero la de Afganistán es otra historia.
Una curiosidad: Musharraf, que llegó al poder cuando depuso mediante un golpe de estado a Nawaz Sharif, nació en Nueva Delhi en 1943, su madre trabajó para las Naciones Unidas y recibió una educación liberal. Además, tal y como recoge Rashid en su libro, en una entrevista en The Friday Times, dijo una vez: “Me enrolé en el ejército por el glamour”.
Temor a deflación
Por Fernando Mexía - Economía, featured, Óscar García Muñoz - 08/05/2009
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Europa ya fabrica dinero
Al final, todo es cuestión de tiempo. El pasado jueves 7 de mayo, el Banco Central Europeo (BCE) no sólo rebajaba los tipos de interés al 1%, una medida considerada histórica, sino que anunciaba una serie de medidas extraordinarias. La más importante (e inquietante, a mi juicio) es la compra de deuda. El BCE anunció que comprará 60.000 millones de euros en cédulas hipotecarias (unos títulos respaldados en créditos para vivienda que emiten los bancos para refinanciarse y disponer de liquidez), lo cual significa una cosa: Jean-Claude Trichet, presidente del banco emisor europeo, ya ha dado la orden de darle velocidad a la imprenta de billetes, o dicho de otro modo, igual hay miedo a la deflación.
La medida está lejos de la compra masiva de deuda que se plantea la Reserva Federal de EEUU (como ya comentamos en un artículo anterior), pero sin duda es sintomática. El BCE se caracteriza por su profundo conservadurismo monetario: Dios libre al consejo de gobierno de tomar medidas precipitadas. Yo diría: Dios libre al BCE de tomar medidas a tiempo.
Posiblemente, cuando los historiadores económicos tengan tiempo de ver los acontecimientos en perspectiva, van a hacer a Trichet y sus directivos algunos reproches serios. Es cierto que los datos de 2007 mostraban un fuerte crecimiento del crédito y que la inflación tendió al alza debido a la presión del petróleo y los alimentos. En ese momento, el BCE tomó la peor decisión posible: subir los tipos de interés al 4,25%. De repente, rompió el mercado crediticio, al ahogar a las familias con las hipotecas.
En agosto de 2007 empezó la Bolsa a desplomarse, los bancos acudían ávidos a las subastas del banco emisor para proveerse y empezaron las subastas especiales. El “credit crunch” había comenzado. Luego fue la vorágine conocida: balances con activos dudosos, yo no me fío de prestarte, no vaya a ser que no me lo devuelvas, el interbancario se colapsa y ¡tachán! contracción del crédito y los datos ya empiezan a hablar de que la crisis financiera llegará a la economía real.
Ahora, poniéndonos bíblicos, llega el llanto y el rechinar de dientes. La velocidad de la rebaja del precio del dinero en la UE ha sido todo menos ágil, al contrario que la Reserva Federal y el Banco de Inglaterra (este último partía de un nivel del 5,25%). Ahora, las medidas extraordinarias no serán inmediatas, sino a partir de junio. Como si no estuviéramos para unas prisas, vaya.
No obstante, si el BCE, que aplica el catenaccio a la política monetaria, ya opta por estas medidas, ¡cómo debe estar el sistema financiero y la economía real! No hay que ir muy lejos, porque la Comisión Europea prevé un desplome del PIB europeo del 4%, nada menos. No obstante, aún con esta situación, no está claro que vaya a haber nuevas rebajas: ya lo dijo Axel Weber, presidente del Bundesbank alemán y conocido “halcón” en la política monetaria. Recientemente, vino a decir que el 1% era el suelo del precio del dinero. Ya veremos, Herr Weber.
Crítica de cine: Terminator Salvation
Por Fernando Mexía - Antonio Martín, Cine, featured - 08/05/2009
Terminator Salvation, por Antonio Martín
Un oasis en el desierto
La sala a rebosar. Los espectadores aguardan el momento de la subida del telón con una mezcla de expectación, cierto nerviosismo y ansiedad. Se nota que muchos son grandes aficionados a la franquicia de Terminator, al igual que yo.
Recuerdo que la segunda entrega fue la primera vez que vi una película en un cine. Tenía nueve años y aquella imagen del T-1000, el enemigo de Arnold Schwarzenegger, agonizando en su metal líquido y a punto de perecer tragado por la lava, me ha perseguido toda la vida. Me impactó muchísimo.
Después supe que aquella genialidad se debía a Stan Winston, el fabuloso técnico de efectos visuales que falleció por un cáncer justo después de emprender una nueva aventura en Terminator Salvation. Por esto y por muchos motivos más, como que ésta es la saga de ciencia ficción con la que más he disfrutado junto con Alien, esperaba maravillas de esta continuación.
Aunque con dudas lógicas. ¿McG dirigiendo? ¿La misma persona que se encargó de los dos filmes sobre Charlie’s Angels? Había que darle el beneficio de la duda. Finalmente, el resultado es muy, muy entretenido. Pero ni es un peliculón ni, sorprendentemente, otorga gran protagonismo al personaje principal, John Connor, interpretado por Christian Bale. Aquí la revelación tiene nombre propio: Sam Worthington (Marcus). En una película que no destaca precisamente por romper moldes ni por su originalidad, su personaje es todo un hallazgo.
Ahora aviso: si no queréis que os destripe nada, dejad de leer ahora. He dicho AHORA. Estáis avisados.
Se me pone la piel de gallina al escuchar, tras unos títulos de crédito iniciales sosos a más no poder, la banda sonora de Brad Fiedel, aquí convenientemente modificada por Danny Elfman. Comienza la película. Presentan al personaje de Marcus, condenado a muerte por inyección letal. Pero una misteriosa mujer (Helena Bonham Carter), enferma de cáncer, le convence para donar sus órganos a un proyecto, cuyo objetivo no le es desvelado.
La acción se desplaza a 2018. Años después del Día del Juicio Final. La humanidad ha sido aniquilada casi por completo por las máquinas y sólo sobreviven pequeños grupos.
“Si estás escuchando esto, eres la resistencia”, dice Connor en un mensaje radiado. A Bale le sienta el papel como un guante. Vuelve a estar intenso y creíble, pero a su personaje ni se le da toda la cancha que uno espera, ni tiene la profundidad que requería. Es un líder, visto por muchos como el mesías que llevará a los humanos a la victoria, pero él no lo tiene tan claro. “Éste no es el futuro del que me habló mi madre”, dice.
Lo cierto es que queda eclipsado por Marcus, que despierta con dudas sobre sí mismo en ese panorama apocalíptico y desértico que no reconoce. ¿Por qué está vivo? Rápidamente traza amistad con el joven Kyle Reese (el soldado mandado por Connor en la primera película para proteger la vida de Sarah, su propia madre), y con la pequeña Star. Juntos hacen frente a las máquinas hasta que ambos son capturados y llevados a Skynet (la base enemiga), donde se experimenta con los humanos para dar con el arma definitiva que los erradique por completo.
De camino a San Francisco, donde curiosamente tiene la base Skynet, se topa con Connor y el resto de los supervivientes. Debido a la explosión de una mina, Marcus descubre su verdadera naturaleza. Aquí comienza lo mejor de la película, el enfrentamiento psicológico entre Connor y él.
Tras un espectáculo de explosiones y las ensaladas de tiros correspondientes, se llega al clímax… pero no voy a destripar cómo acaba. Anticipo que Skynet tiene preparada una sorpresa.
En cualquier caso, fueron 105 minutos muy disfrutables, a pesar del ritmo videoclipero del director, de que el F/X canta muchísimo en las secuencias de batalla al comienzo de la película, y de que algunos personajes son enormes pegotes que no aportan nada, como es el caso de Barnes (Common) y Kate Connor, la esposa de John, que se pasa toda la película embarazada y suelta cuatro frases con los mohínes de Bryce Dallas Howard.
Vale, no es la maravilla que esperábamos, pero qué gozada es ver a Bale decir, con su sempiterna cara de malas pulgas: “I’ll be back”. Y éste no tiene mucha pinta de mentir. Si acompaña la taquilla, que lo hará, habrá segunda y tercera parte. (O quinta y sexta, según se mire).
La culpa es de la crisis
Por Fernando Mexía - Economía, María Benito, featured - 08/05/2009
María Benito, periodista
¿Echaremos de menos la crisis?
Estamos en crisis, no hay duda. Y los datos son terribles. Eso lo sabe cualquiera, no hace falta que lea los periódicos, donde durante meses se vienen sucediendo las noticias negativas hasta convertirse en una fuente de desánimo. Pero hay quien se esfuerza por verle el lado positivo, aunque los argumentos no siempre convenzan. Para algunos, la crisis es una oportunidad, tanto individual –tal vez, si uno tiene dinero ahora pueda comprarse una casa- como colectiva –podemos llevar a cabo un cambio en nuestro modelo de crecimiento.
Hace unas semanas, David Marsh publicaba en la web financiera Market Watch un artículo que fue bastante comentado y que comenzaba recordando las palabras de Richard Nixon cuando en 1962 les dijo a un grupo de periodistas que le echarían de menos cuando dejase la presidencia: “You won´t have Nixon to kick around any more” (Ya no podréis seguir maltratando/responsabilizando a Nixon).
La idea del artículo de Marsh es que, en el fondo, la crisis ha servido de amortiguador de culpas: si algo va mal, es por la crisis y nos fijamos menos en las meteduras de pata de Bush. Y, además, la crisis puede servir para que la sociedad cambie y mejore en algunos aspectos: abandonando la avaricia y pensando más “en verde”. Esta idea la comparte otro artículo, de Kurt Andersen, que apareció a finales de marzo en la revista Time y que se titulaba “The end of excess: is the crisis good for America?” (El fin de los excesos: ¿es la crisis buena para América?) , en el que analiza cómo la crisis puede ser un punto de inflexión histórico que ponga fin al periodo de expansión vivido en los últimos años. Porque Andersen considera que el espíritu de la década de 1980 no terminó y se prolongó durante los años noventa y hasta 2008, cree que los estadounidenses veían venir lo que ha sucedido, pero que miraron para otro lado y que tal vez la crisis sirva para que los americanos abandonen el espíritu de la cigarra y retomen el carácter de la hormiga. Espera que la avaricia se reduzca y se invierta más en lo social.
Por su parte, Marsh cree que la crisis ha servido para que los cajeros de los bancos nos atiendan mejor, pero considera que cuando superemos la crisis, desaparecerán las sonrisas. Entre los efectos beneficiosos de la crisis, Marsh destaca la caída de precios, es el momento de comprar determinadas cosas. Y es cierto, ahora la vivienda es más asequible y hay descuentos en supermercados y tiendas de ropa, así como en tiendas de electrodomésticos. Claro, que para comprar una casa hace falta que el individuo tenga algunos ahorros, un trabajo seguro y pase el examen del banco para obtener una hipoteca. Muchos de los afectados por la crisis no pueden pensar en adquirir una vivienda o son incapaces de afrontar la hipoteca que ya tenían… Además, aunque defiendo que los precios estaban artificialmente hinchados y debían ajustarse, una caída generalizada de precios continuada no nos ayudaría, a medio o largo plazo a ninguno.
Uno de los puntos más criticados del artículo de Marsh es en el que expone los beneficios para la salud que la crisis está teniendo: la gente camina más para ahorrar en transporte y come menos, así que la crisis contribuye a combatir la obesidad. Lo que me preocupa del argumento es que no se fije en que la gente ha gastado menos en comer, cierto, pero se han incrementado las ventas de comida rápida y de gran aporte calórico…Y ahorrar en combustible es bueno para casi todos, menos para petroleras y para los países cuyas economías dependen del oro negro, lo que me lleva a pensar que a medio plazo quizá también nos afectaría a todos negativamente, porque si algo ha quedado claro con la crisis es que la teoría del efecto mariposa está más vigente que nunca y que lo que le pasa a una empresa en Hong Kong puede influir en que el Sr. López tenga que cerrar su negocio en Zamora…
Marsh cree que el abandono de la avaricia que muchos esperan como consecuencia de la crisis será pasajero. Pero tal vez tenga razón Andersen en su artículo (“se ha pulsado el botón de ‘reset’”) y sea un buen momento para repensar el modelo de crecimiento y efectuar un cambio. Andersen no recomienda abstinencia, sino moderación. Y cree que algunos hábitos saludables pueden perdurar.
El problema de la crisis es que para muchas familias ha sido un golpe muy duro y les costará bastante recuperarse, sobre todo a las que tenían menos recursos o para las que tienen a todos sus miembros en el paro (en España hay 1.068.400 hogares en esta situación). El otro día iba en el cercanías y dos señoras que estaban sentadas enfrente de mí iban comentando las desgracias de una tercera. La conversación derivó hasta centrarse en la crisis (porque, como ya he dicho, ahora todo es sobre la crisis y se habla de ella no sólo en los medios, sino también en el bar o en el mercado). Y una de ellas sentenció: “Si crisis ha habido siempre… la crisis de los pobres”.
Crítica de cine: Wolverine
Por Fernando Mexía - Antonio Martín, Cine, Columnistas - 28/04/2009
X-Men Origins: Wolverine, por Antonio Martín
“X-Men Origins: Wolverine”: No mires atrás con ira
No sé si os habréis fijado pero Hollywood últimamente tiene gran querencia por echar la vista atrás. No hablo ya de los muy manidos remakes, sino por su gusto hacia la precuela, que viene a ser lo mismo sólo que con la excusa de viajar atrás en el tiempo y abundar en la psicología de los personajes, para explicar y dar sentido al porqué de sus acciones en películas que ya hemos visto.
Es el cuento de nunca acabar, la gallina de los huevos de oro para los estudios. Y las razones son muy sencillas: la falta de imaginación y el dinero fácil. Al albor de esta ecuación tenemos en los próximos días los estrenos de X-Men Origins: Wolverine, y de Star Trek, de la que dará buena cuenta Fernando.
Dejadme que os cuente algo sobre el lobito. No hay absolutamente nada en él que huela a nuevo. Ni por asomo. Y es una pena, porque el duelo interpretativo entre Hugh Jackman (Lobezno) y Liev Schreiber (su malvado hermanastro, Victor Creed/Dientes de Sable) apuntaba alto. Lo malo es que apenas existe. O no se le deja espacio suficiente para desarrollarlo.
Todo se queda en una sucesión de clichés manidos en el género mientras desfila una galería de personajes que aparecen y desaparecen sin que al espectador le importe tres pimientos lo que ocurra con ellos. Aunque imagino que el fan estará encantado de que aparezcan.
Que quede claro: esta película es Hugh Jackman, que para algo la ha producido. Si se hubiera prescindido de todos esos mutantes secundarios que no aportan nada a la historia, tal vez podríamos estar hablando de una reflexión interesante sobre la naturaleza humana cuando entra en conflicto consigo misma. Uff, suena complejo. Mejor obviarlo.
Pero precisamente la relación entre esos hermanos con poderes sobrehumanos al que les separa un abismo de rencor y odio es, de lejos, lo más interesante de la película, junto con los diez primeros minutos, donde se dan a conocer el origen del conflicto y las batallas que han vivido juntos.
Al final lo que quedan son unas cuántas réplicas graciosas y agudas, unos efectos especiales a la altura del producto, el carisma de Jackman, ese joven Clint Eastwood cuyo talento está muy por encima de estos productos alimenticios, y sobre todo, la presencia de Schreiber, un actorazo como la copa de un pino, al que le bastan un par de gestos para llevarse de calle al espectador.
Su Victor Creed es todo lo cínico, violento y cabrón que se puede esperar. Un bad-ass en toda regla. Sí, vamos, que roba por completo la película, aunque aún nadie haya osado a acusarle de ser quien filtró esa versión pirata que anda por Internet desde hace un mes…
Hasta los “huesos” por Boreanaz
Por Fernando Mexía - Columnistas, Kubelick - 23/04/2009
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Being David Boreanaz
Viendo cualquier capítulo de Bones a una le entran ganas de usar aquel jingle de Les Luthier para preguntarle a David Boreanaz: “usted, que está habituado a que los hombres lo respeten y las mujeres lo admiren; usted, ¿nos puede decir cómo hace?” Con cuatro muecas como único repertorio gestual Boreanaz ha conseguido que su Seeley Booth, el agente del FBI que resuelve misterios junto a la forense Temperance Huesos (Bones) Brennan, sea ese tío simpático al que todos quieren llevarse de cañas. Para las chicas, Booth es simplemente adorable, por usar uno de esos adjetivos en desuso y tan habituales en los doblajes de los ochenta. Le va al pelo, además, porque Bones es una serie antigua en los valores y también en la forma, con protagonistas que no disimulan un patriotismo modelo administración Reagan y que dialogan como Maddie Hayes y David Addison en Moonlighting.
Admitámoslo: esos ratos compartidos en el coche camino a levantar el enésimo cadáver, con carga extra de metralla dialéctica y sin más tema que el “pues anda que tú”, son deliciosos. Cualquier día estallarán la burbuja de la tensión sexual (la serie va por su cuarta temporada y no va a pasar mucho más tiempo antes de que los enrollen) y, tras un apoteósico beso y coito en elipsis, la cuadriculada Brennan le pedirá al emocional Booth que se case con ella porque, según todas las teorías antropológicas, el matrimonio es la consecuencia del amor. Booth dirá que sí, claro; no porque sea conservador, que lo es, sino porque es ese tío que siempre hace lo que hay que hacer. Que sea tan salao es lo único que evita que su americanismo no nos dé grima: él mismo reconoce, con toda la gracia, que “si hubiera sido policía en la época de los colonos, les hubiera reunido a todos y les hubiera convencido para que se rindieran, y aún seríamos ingleses”.
La legión de admiradores de David Boreanaz se lleva acumulando desde mediados de los noventa. La primera de la que tenemos noticia fue una amiga de la entonces guionista y ahora productora ejecutiva Jane Espenson. Viviendo en carne propia lo que decía Hannibal Lecter de que “la codicia empieza por lo que vemos cada día” la buena mujer se obsesionó con un chico que paseaba al perro por su urbanización a la misma hora que ella volvía del trabajo. “No te puedes hacer una idea de lo guapo que es, Jane”. Tras escuchar la descripción, Espenson se convenció de que el vecino de su amiga era el veinteañero que los productores de su serie andaban buscando como locos: un actor que encarnara la fantasía adolescente del “chico mayor” que no se parece a los pajilleros de clase, el Angel perfecto para acompañar a Buffy, the Vampire Slayer.
Aunque de cerca bizquea, David Boreanaz era lo que las abuelas llaman un buen mozo: alto, limpito y
delgado sin ser tirillas, en el punto justo de tío bueno, vaya. Guapo, muy guapo, y también soso como la comida de un hipertenso. Angel podría haber sido el vampiro humanizado, de alma torturada y aire de doliente perpetuo y nada más. Otro galán blandito, demasiado varonil para ser ambiguo pero un pelín castrado, a la sombra de una novia que le daba sopas con honda a Van Dame en lo del Kick Boxing. Josh Weddon, el creador del Buffyverso, es cualquier cosa menos tonto; vio que el personaje se le amariconaba y le hizo a Boreanaz el regalo que cambiaría su carrera: reconvirtió al luminoso guaperas en el mismísimo Lucifer. Transformó a un lánguido Louis en el más retorcido Lestat. Como todos, Angel, cuando era bueno estaba bien, pero de malo era muchísimo mejor y, siguiendo un proceso de calentón tradicional, las niñas pasaron en muy pocos capítulos de suspirar por sus huesitos a desear que les mordiera el cuello. El revuelo hormonal fue suficiente como para que a principios de la tercera temporada de Buffy…, ya tuviera firmado un spin off con nombre propio. Que Angel, la serie, no fuera más que una réplica de segunda categoría del original no es culpa del esqueje Boreanaz, que floreció según lo previsto a medida que se independizaba del vampiro y se convertía en estrella. Ganó peso bruto (se puso fondoncillo) y específico (con gramos extra de experiencia y toneladas de ironía), y empezó a mirar a los cuarenta con una sonrisa de medio lado.
Booth como Angel está lejos de ser perfecto. También él tiene un pasado sanguinolento del que se arrepiente (trabajó como francotirador para el ejército). Sin embargo es un diligente padre soltero que babea cada vez que Huesos Brennan cae en uno de sus impúdicos alardes de conocimiento. Está encantado siendo el músculo (y el corazón) tras el cerebro de su compañera. En el primer capítulo, el muy chulito, le dejó claro que si ella tenía un doctorado, él tenía placa y pistola. Ideas antiguas para un personaje que, de nuevo, tiene en enfrente a una mujer que puede, sin ayuda, con todo. Él, que ya se sabe el papel, ante la amenaza de los malos le suelta frases como, “vale, ya has demostrado que eres una mujer fuerte, segura y… no vas a volver a salir nunca más sola”. Ella está encantada porque, será todo lo tarugo que quieras, pero ha hecho realidad otra fantasía adolescente: la de que la empollona, al final, se queda con el capitán del equipo de fútbol.”
Crisis sin remedio oriental
Por Fernando Mexía - Columnistas, Economía, featured, Óscar García Muñoz - 13/04/2009
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La salvación no vendrá de Asia
Tal vez no llegue la salvación de Asia, pero sí que pueden llegar pautas anticipadas de lo que nos resta por ver. El economista español Pablo Bustelo, especialista en Asia, ha publicado recientemente dos artículos sobre los paralelismos de la crisis japonesa con la crisis actual y el papel que puede tener China en la recuperación económica del mundo. Este último es especialmente interesante, ya que desmonta dos mitos que se han generado sobre China: que la economía china se va a derrumbar este año y que será el motor de la recuperación global gracias a su pronta recuperación.
Desde luego, no cabe duda de que la hora de Asia es sólo cuestión de tiempo, pero todavía no ha llegado plenamente. De momento, un profesor universitario chino afirma que su país será el gran ganador de esta crisis. El hecho de que más de la mitad de la población mundial se concentre en Lejano Oriente es motivo más que suficiente para pensar que cabe la población es un factor importante en las economías. El problema, como dice Bustelo, es que el peso de China en el PIB mundial es todavía pequeño si lo confrontamos con la UE, Estados Unidos y Japón y su mercado de consumo todavía es estrecho. Si el capitalismo tiene uno de sus fundamentos en el consumo, no será China quien lo sostenga.
Hay una cosa que me preocupa en el artículo de Bustelo: no habla de hasta dónde podría llegar china con las inmensas reservas de dólares y con el manejo de la deuda de Estados Unidos. Tal vez no haya querido crear más miedo. En cuanto al artículo sobre Japón, el énfasis se vuelve sobre el sistema bancario. Las medidas de la reunión del G-20 plantean reformas en los sistemas financieros, pero como todas las declaraciones políticas, quedan demasiado difusas. En cualquier caso, se empieza a apostar cada vez más por un periodo largo de estancamiento, consecuencia de los excesos (aquella “exuberancia irracional” de la que hablaba el ex presidente de la Reserva Federal, Alan Greenspan, antes venerado y hoy defenestrado) de un periodo dorado de la economía. ¿Será el decenio 1995-2005 el equivalente histórico a los años veinte? Lo que sí parece claro es que Asia no será el motor de la recuperación, aunque a la larga será el gran beneficiado.
Imagen: stock.xchng








