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Otoño petardo
Por Fernando Mexía - Columnistas, Espectáculos, Kubelick, featured - 05/09/2009
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Jenna Elfman se quedará embarazada de un rollo de una noche en Accidentally on Purpose de CBS y Courtney Cox perseguirá yogurines sin piedad en Cougar Town de ABC pero, un año más, las mejores series petardas se concentran en la parrilla de la CW. Este canal de solo tres años de edad fue el resultado de fusionar en 2006 la Warner Brothers (WB) y la United Paramount Network (UPN), dos minicadenas que llevaban once años tirándose de los pelos como dos niñatas.
La WB era la cadena favorita de los adolescentes de principios de siglo con programas como Smallville, Charmed o Guilmore Girls; o sea, era una guapa pija y con clase, que marcaba tendencia y tenía fascinado a todo el instituto. La UPN, por su parte, era la fea envidiosa y acomplejada que copiaba descaradamente a la WB; se vestía con la ropa de sus primos mayores e intentaba darles un aire cool forzado que solo conseguía acentuar su patetismo (UPN trató de colar Star Trek como producto trendy). Leer el resto de la entrada »
Más allá de “Full Monty”
Por Fernando Mexía - Columnistas, Espectáculos, Kubelick, featured - 07/07/2009
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Una serie de catastróficas desdichas
La premisa argumental de Hung prometía: un entrenador de baloncesto al que no le llega la camisa al cuerpo,
con muchas deudas y un miembro viril más que generoso, decide ofrecerse en páginas de contactos para sacarse un dinerito. La única foto que se filtró antes del estreno, además, mostraba al protagonista, Thomas Jane (una versión sexy de Christopher Lambert) en una sugerente postura de men at work, entre arrodillado y espatarrado. Esperaba encontrar una historia ligera sobre las vicisitudes de un gigolo novato. O una comedia negra sobre un madurito que tiene que conciliar la dualidad de ser padre respetable de día y prostituto de noche. Pues bien, el nuevo estreno de HBO no es ninguna de las dos cosas.
Hung es una entrañable tragicomedia sobre la crisis económica que nos empuja a observar la historia de unos fulanos cualquiera, vendan o no su cuerpo, y sus gestas cotidianas. Parafraseando aquel mantra buenrollero de John Lennon, para Ray Drecker “la vida es lo que pasa cuando tus planes se van al garete”. No es difícil imaginarle de adolescente, en los años mozos de instituto, dándose el palo con su novia bajo las gradas y soñando con llegar a ser atleta profesional. El guión de su peor pesadilla se hizo realidad, y un cuarto de siglo después su vida ha dado un giro… de 360 grados. Sigue exactamente en el mismo sitio, corriendo entre las mismas taquillas, botando la misma pelota frente a la misma canasta y volviendo a la misma casa donde se crió. La única novedad es que Ray ya no sueña con que las cosas sean diferentes. ¿Para qué?
El piloto de Hung se regodea en dibujarnos de forma exhaustiva la situación de Ray, abandonado, humillado y arruinado, y cómo este hace todo lo posible para encontrar una salida digna a su asfixiante situación financiera. El tempo del capítulo es lento y sin golpes de efecto: aburrido, como aburrida es la vida de Ray. Justo cuando, a la desesperada, se lanza en plancha al infierno, empieza a percibirse un cambio de ritmo que se convertirá en un estupendo swing. El protagonista se apunta a un curso de marketing para PYMES, un lugar espantoso donde se da cuenta de que no solo es un perdedor, un looser con L mayúscula, sino que es uno más. No es especial, no destaca, forma parte del grupo anodino de excedente social de su desvencijada ciudad, un Detroit avergonzado que intenta ocultar que alguna vez tuvo delirios de grandeza. Ray, como un crío sin juguetes y al borde de la pataleta, se baja simbólicamente los pantalones y muestra orgulloso al respetable lo que tiene entre las piernas, el último cartucho para reivindicar su excepcionalidad: “Yo la tengo grande”.
Ray mete la p**** en su olla vacía, decidido a recuperar la autoestima y el saldo positivo en el banco. Acepta como proxeneta a Tanya (maravillosa Jane Adams, mejor que nunca en el personaje de siempre), una treintañera feúcha a la que se le está pasando el arroz, que planifica un negocio orientado a explotar el miembro de oro del entrenador, ofreciendo a las mujeres el compañero sexual perfecto. Nunca hubo nadie menos preparado para ser puta que Ray ni chulo más inútil que la romántica, frustrada y solitaria Tanya. Quizá por eso la serie resulte tan conmovedora.
P.S: Por si todo esto no fuera suficiente, hay que decir que en Hung encontramos (ya era hora) un personaje a la medida de Anne Heche: por fin un papel con el que no intenta hacerse la simpática. La ex mujer de Ray, histérica, pesetera y egoísta no pretende caernos bien. Qué gustazo poder odiarte, hija.
Hung se emite los domingos a las 22.00 (EST).
NBC, un pavo real descabezado
Por Fernando Mexía - Columnistas, Espectáculos, Kubelick, featured - 25/06/2009
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The Philanthropist
Hay un pájaro metido en la plantilla de la NBC que está haciendo un trabajo finísimo hundiendo en la miseria a la decana de las grandes cadenas. Todos tenemos en nuestra oficina al típico inútil con suerte, ese personaje que no da una y que, desafiando a cualquier ley lógica, siempre va hacia arriba y no hacia abajo. Ya lo dijo Conan O’Brien en la estupenda intro musical de los Emmy de 2006: “al ejecutivo de la NBC que pasó de Lost (serie que terminó adquiriendo su directa competidora, la cadena ABC), en vez de despedirle, le promocionaron”. Debe ser ese el figura cuya proyección personal es inversamente proporcional a los rendimientos de la cadena.
De otra forma no se explica que el canal lleve tanto tiempo intentando solucionar su imparable pérdida de audiencia “como se ha hecho toda la vida”, o sea, ofreciendo más de lo mismo, en lugar de tirarse a la piscina. No asume que se ha producido un cambio global y que a la tele no la conoce ya ni la madre que la parió. Ellos se han quedado viéndolas caer, atrincherados tras el prestigio del Saturday Night Live, mientras “el programa de las cajas sorpresa” (el Deal or no Deal americano que en España se tituló Allá tú), el único que realmente les funcionaba, pagaba las facturas. Acongojaditos, han dicho adiós este año a esta rentable franquicia de Endemol, así como a “matusalén” ER, producto que han explotado hasta dejar exangüe, como a un anciano al que un año tras otro se le retrasaba una merecida jubilación.
Durante los noventa, apostaron por la calidad, y ganaron en audiencia. Tuvieron lo que había que tener para dar luz verde a una serie imprescindible para la historia de la televisión: The West Wing, que demostró durante sus siete años en antena que el público aguantaba (y celebraba) frases mucho más largas que los tradicionales punch lines de las comedias de situación. Hoy la NBC es como ese deportista de élite que, quince años después del récord, vive de recordar sus glorias pasadas. El orgulloso pavo real (la cadena es así conocida por la forma de su logo) ha estado sin cabeza, desnortado durante demasiados años, y han terminado por merendárselo entre todos.
Es que hay que ser cegatón perdido para asumir que una serie tan mala como Joey va a funcionar solo porque es un spin off de la sitcom más rentable de la historia (Friends). Los poquísimos riesgos que la NBC ha asumido en los últimos tiempos, además, le han salido rana. Heroes es un buen ejemplo. Tras una primera temporada
brillante, el comic de Tim Kring perdió la mitad de sus espectadores (yo entre ellos) intentando alargar sin sentido tramas agotadoramente ridículas. Que levante la mano quien no le haya deseado la muerte por tajo de catana al pringado de Hiro Nakamura solo porque su soporífera historia en el s.XVII acabase de una vez. La serie sobrevive gracias a un grupo cada vez más reducido de incondicionales. La audiencia sigue cayendo pero la cadena no se atreve a matar a esta gallinita, aunque ya no dé oro sino bisutería barata.
Esta semana llega una apuesta para el prime time veraniego de NBC propia del ya mencionado ejecutivo patoso, quienquiera que sea. The Philanthropist arranca el próximo miércoles 24 a las diez de la noche. En ella el Marco
Antonio de Rome, James Purefoy, encarna a un tipo podrido de pelas que decide cruzarse a pie (y descalzo) la jungla nigeriana para repartir vacunas entre los niños enfermos. El personaje que interpreta Purefoy no ha hecho ninguna promesa a Nuestra Señora del Perpetuo Socorro; tan solo es un pijo adicto a los subidones de adrenalina que una mañana despertó y se dio cuenta de que, cual lunar inoportuno, le había salido una conciencia.
The Philanthropist es algo así como meter a Bruce Wayne (Batman), sin traje de murciélago, a protagonizar The Constant Gardener. Una brillante idea que pretende combatir la modorra estival con secuencias de quince minutos de paseo por el follaje selvático, sin diálogos, y con una voz en off tipo versión light de The Thin Red Line. Me juego el cuello que, antes de que acabe el año, al inútil lo hacen CEO.
Carmela Soprano, ahora enfermera
Por Fernando Mexía - Columnistas, Espectáculos, Kubelick, featured - 06/06/2009
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Enfermera Edie
Ser popular es la bendición y la cruz de los actores. Que cualquier fulano llegue algún día a reconocerte por la calle y a llamarte por tu nombre es el anhelo que compensa miles de noches poniendo copas en los bares y otras tantas mañanas memorizando separatas en las colas de los casting. Cuando llega el momento de la gloria, las marujas les paran en el supermercado pidiendo que estampen su firma en un paquete de cereales, las adolescentes se pisan unas a otras por conseguir un mechón de pelo y los raritos sin amigos les mandan cartas en las que nunca falta la frase “solo yo puedo entender tu soledad”. Los actores reivindican entonces su derecho al anonimato, cuando ya es tarde.
En este tema, como en muchos otros, se pone de relevancia la diferencia de clases que aún separa al cine de la tele. El espabilado productor llamado Tom Hanks no se cansa de subrayar que es en la pequeña pantalla donde se encuentran las grandes historias. Pero él, que no necesita dar tarjetas de visita en las reuniones para que los ejecutivos de las cadenas se queden con su cara, no va a protagonizar ninguna de ellas. ¿Para qué? La gente que trabaja todos los días en lugar de tres meses al año lo hace por obligación, no porque quiera. Y eso es igual en Hollywood o en el Ayuntamiento de Villanueva del Pardillo.
Un actor en activo en la tele, no sólo curra más que en el cine, sino que tienen un plus de molestia añadido a la popularidad: la versión cuerda de la esquizoide sensación “es como si fuera mi colega de toda la vida” que nos produce a los espectadores convivir con sus personajes, todos los martes, todos los domingos, todos los días los más adictos. Integramos sus ficticias historias en nuestro entorno cotidiano, les dedicamos más tiempo, a veces, que a un amigo o a un hermano. Obviamos al actor y adoptamos al personaje. Nueve de cada diez personas que coincidieran con Hugh Laurie en la cola del cine se sentirían tentados a charlar con él de manera espontanea, con toda confianza. No lo hacen, claro, sobre todo por miedo a que, al más puro estilo doctor House, el actor les espetara “¿le conozco de algo?”.
Toda una parrafada para justificar que se me ha hecho muy difícil enfrentarme al primer capítulo de Nurse Jackie aislando el hecho de que la prota sea Edie Falco. La Jackie del título, el personaje interpretado por Falco, es una experimentada y poco ortodoxa enfermera de urgencias de un hospital de Nueva York. Lo primero que me pasó por la cabeza cuando la vi aparecer, embutida en el pijama azul, fueron las uñas de Carmela Soprano, “¿cómo narices va a ser capaz de coger una vía esta mujer?”, pensé. Sin embargo, más allá del personaje, Falco es una actriz prodigiosa, así que, en pocos minutos, ya entendía de qué iba esta otra veterana de la vida, sufrida y apaleada, feminista y currante, en las antípodas de la gran dama de Nueva Jersey.
Nurse Jackie es marca Showtime y, como tal, está hecha a imagen y semejanza de las más exitosas producciones de la cadena en la que se emite. Jackie echa un polvo donde le pilla, toma drogas a diario e impone su propia ley. Californication, Weeds, Dexter. Muy bien escrita y muy bien grabada, una serie estupenda que no me ha enganchado nada. ¿Lo mejor? Ella. Sin medias tintas: está soberbia. Porque es un pedazo de actriz que valen un potosí. Como Glen Close o como Sally Field, estrellas de cine repudiadas que aún conservan su nombre propio y que, sin duda, preferirían hacer una peli al año y dedicarse a vivir los nueve meses restantes. Pero solo la tele les valora (o sea, les paga) la veteranía. A diferencia de ellas, Falco será siempre más Carmela que Edie. Que no poco.
Hasta los “huesos” por Boreanaz
Por Fernando Mexía - Columnistas, Kubelick - 23/04/2009
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Being David Boreanaz
Viendo cualquier capítulo de Bones a una le entran ganas de usar aquel jingle de Les Luthier para preguntarle a David Boreanaz: “usted, que está habituado a que los hombres lo respeten y las mujeres lo admiren; usted, ¿nos puede decir cómo hace?” Con cuatro muecas como único repertorio gestual Boreanaz ha conseguido que su Seeley Booth, el agente del FBI que resuelve misterios junto a la forense Temperance Huesos (Bones) Brennan, sea ese tío simpático al que todos quieren llevarse de cañas. Para las chicas, Booth es simplemente adorable, por usar uno de esos adjetivos en desuso y tan habituales en los doblajes de los ochenta. Le va al pelo, además, porque Bones es una serie antigua en los valores y también en la forma, con protagonistas que no disimulan un patriotismo modelo administración Reagan y que dialogan como Maddie Hayes y David Addison en Moonlighting.
Admitámoslo: esos ratos compartidos en el coche camino a levantar el enésimo cadáver, con carga extra de metralla dialéctica y sin más tema que el “pues anda que tú”, son deliciosos. Cualquier día estallarán la burbuja de la tensión sexual (la serie va por su cuarta temporada y no va a pasar mucho más tiempo antes de que los enrollen) y, tras un apoteósico beso y coito en elipsis, la cuadriculada Brennan le pedirá al emocional Booth que se case con ella porque, según todas las teorías antropológicas, el matrimonio es la consecuencia del amor. Booth dirá que sí, claro; no porque sea conservador, que lo es, sino porque es ese tío que siempre hace lo que hay que hacer. Que sea tan salao es lo único que evita que su americanismo no nos dé grima: él mismo reconoce, con toda la gracia, que “si hubiera sido policía en la época de los colonos, les hubiera reunido a todos y les hubiera convencido para que se rindieran, y aún seríamos ingleses”.
La legión de admiradores de David Boreanaz se lleva acumulando desde mediados de los noventa. La primera de la que tenemos noticia fue una amiga de la entonces guionista y ahora productora ejecutiva Jane Espenson. Viviendo en carne propia lo que decía Hannibal Lecter de que “la codicia empieza por lo que vemos cada día” la buena mujer se obsesionó con un chico que paseaba al perro por su urbanización a la misma hora que ella volvía del trabajo. “No te puedes hacer una idea de lo guapo que es, Jane”. Tras escuchar la descripción, Espenson se convenció de que el vecino de su amiga era el veinteañero que los productores de su serie andaban buscando como locos: un actor que encarnara la fantasía adolescente del “chico mayor” que no se parece a los pajilleros de clase, el Angel perfecto para acompañar a Buffy, the Vampire Slayer.
Aunque de cerca bizquea, David Boreanaz era lo que las abuelas llaman un buen mozo: alto, limpito y
delgado sin ser tirillas, en el punto justo de tío bueno, vaya. Guapo, muy guapo, y también soso como la comida de un hipertenso. Angel podría haber sido el vampiro humanizado, de alma torturada y aire de doliente perpetuo y nada más. Otro galán blandito, demasiado varonil para ser ambiguo pero un pelín castrado, a la sombra de una novia que le daba sopas con honda a Van Dame en lo del Kick Boxing. Josh Weddon, el creador del Buffyverso, es cualquier cosa menos tonto; vio que el personaje se le amariconaba y le hizo a Boreanaz el regalo que cambiaría su carrera: reconvirtió al luminoso guaperas en el mismísimo Lucifer. Transformó a un lánguido Louis en el más retorcido Lestat. Como todos, Angel, cuando era bueno estaba bien, pero de malo era muchísimo mejor y, siguiendo un proceso de calentón tradicional, las niñas pasaron en muy pocos capítulos de suspirar por sus huesitos a desear que les mordiera el cuello. El revuelo hormonal fue suficiente como para que a principios de la tercera temporada de Buffy…, ya tuviera firmado un spin off con nombre propio. Que Angel, la serie, no fuera más que una réplica de segunda categoría del original no es culpa del esqueje Boreanaz, que floreció según lo previsto a medida que se independizaba del vampiro y se convertía en estrella. Ganó peso bruto (se puso fondoncillo) y específico (con gramos extra de experiencia y toneladas de ironía), y empezó a mirar a los cuarenta con una sonrisa de medio lado.
Booth como Angel está lejos de ser perfecto. También él tiene un pasado sanguinolento del que se arrepiente (trabajó como francotirador para el ejército). Sin embargo es un diligente padre soltero que babea cada vez que Huesos Brennan cae en uno de sus impúdicos alardes de conocimiento. Está encantado siendo el músculo (y el corazón) tras el cerebro de su compañera. En el primer capítulo, el muy chulito, le dejó claro que si ella tenía un doctorado, él tenía placa y pistola. Ideas antiguas para un personaje que, de nuevo, tiene en enfrente a una mujer que puede, sin ayuda, con todo. Él, que ya se sabe el papel, ante la amenaza de los malos le suelta frases como, “vale, ya has demostrado que eres una mujer fuerte, segura y… no vas a volver a salir nunca más sola”. Ella está encantada porque, será todo lo tarugo que quieras, pero ha hecho realidad otra fantasía adolescente: la de que la empollona, al final, se queda con el capitán del equipo de fútbol.”
HBO hace series malas
Por Fernando Mexía - Columnistas, Espectáculos, Kubelick - 02/04/2009
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HBO hace series malas
De un tiempo a esta parte oigo un montón lo de “yo es que solo veo series de la HBO”, como nota de distinción para desmarcarse de la chusma que disfruta con Brothers and Sisters, How I met your mother y otros estupendos productos de esa tele estilo marca blanca de Carrefour. “¿Has visto ya The Tudors? ¡Es magnífica! Si es que, todo lo que hace HBO…” Ante argumentos como estos, donde lo que prima es la etiqueta, de poco sirve comentar que la serie protagonizada por Jonathan Rhys Meyers es una pieza vintage que no merece tanto aspaviento, hecha al rebufo de la estupenda Roma que, por cierto, sí emitió y produjo HBO. En un alarde de concreción innecesario, le sueltas a tu interlocutor: “The Tudors no se emite en la HBO sino en el canal Showtime”. Lo normal es que el pijo de la tele se te quede mirando, con todo el odio del mundo, como si le hubieses arrancado el cocodrilo del polo.
Nadie es infalible. Terminemos con el axioma de que la HBO es el Midas de la calidad en la tele: invito al respetable a que recuerde (vía Youtube) aquella horterada llamada Lucky Louie, sitcom rancia y zafia donde las haya, que sufrimos hace un par de veranos y cuya única cualidad era que solo duraba media hora. Eso es mucho más de lo que puedo decir de The No. 1 Ladies’ Detective Agency: nada más y nada menos que 109 minutos de premiere se cascó la más molona de las cadenas de Time Warner en la noche del domingo 29 de marzo. Dirigida por Anthony Minghella (The English Patient), producida por Sydney Pollack (Out of Africa) y escrita por Richard Curtis (Love Actually), o sea, todo etiquetas de primera, esta nueva serie está inspirada en unas novelas policiacas escritas por Alexander McCall Smith (no, yo tampoco sabía quién era este señor hasta que vi la serie), un intelectual escocés que combina con los otros tres como una pañoleta palestina con una camisa Burberry: es el toque de mercadillo alternativo justo y necesario para ser supercool.
Y aún así, The No. 1 Ladies’ Detective Agency no pasa de ser una serie muy mala llena de buenas intenciones.
Cuenta la historia de Precious Ramotswe, una chica de Botsuana que decide usar la herencia de su padre para hacer algo de provecho. En un país donde la esperanza de vida es cincuenta años y casi el 40% de la población está infectada con el VIH, a Precious le podía haber dado por montar una ONG pero no, ella cree que lo que los habitantes de Gaborone están pidiendo a gritos es una agencia de detectives dirigida por una mujer. Contra todo pronóstico le empiezan a llover casos: cornudas, desaparecidos, fraudes, conflictos que igual podrían darse en Harlem, en Des Moines o en Alcorcón, y que esta Jessica Fletcher africana resuelve porque sí, porque “las mujeres nos fijamos en cosas a las que los hombres no dais importancia”… Siendo un procedural drama (series tipo Cold Case, CSI o Bones, en las que se resuelve un caso por capítulo) The No. 1 Ladies’ Detective Agency se queda con lo peor del género, lo superficial de sus personajes, y se olvida de lo divertido, el procedure (procedimiento), el desenredar la madeja. Empeñados en conseguir un amable alegato feminista surge una fábula pueril tan aburrida que haría dar cabezadas al Oso de la Casa Azul. Esta nueva serie es un manual de Educación para la Ciudadanía trasnochado, donde lo único que brilla es la maravillosa sonrisa Jill Scott, su protagonista; una deslumbrante dentadura que está tan fuera de lugar en un poblado del sur de África como desubicada está The No. 1 Ladies’ Detective Agency en la HBO, a cuyo sello de calidad le luce este nuevo estreno como a un santo dos pistolas.
The No. 1 Ladies’ Detective Agency se emite todos los domingos a las 20.00 hora de la costa este de EE.UU. en HBO.
¡Me gusta la tele!
Por Fernando Mexía - Columnistas, Espectáculos, Kubelick - 22/03/2009
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R. I. P.
Hace pocos meses que murió Michael Crichton, escritor de best sellers y mente calenturienta que parió argumentos demenciales como Disclosure (¿qué varón heterosexual protestaría si Demi Moore se le tirase al cuello?) o Twister (¿perseguir tornados es una profesión?), amén del trozo de resina más rentable de la Historia (con permiso del hachís, Jurasic Park recaudó en taquilla la friolera de mil millones de dólares). Todo esto es suficiente como para que yo le hubiese declarado odio eterno y, sin embargo, le estaré por siempre agradecida, porque fue gracias a Michael Crichton que yo salí del armario.
En mi casa, cuando yo era pequeña, que te gustara la tele era, en el mejor de los casos, una pérdida de tiempo.
¿Leer? Cuanto más, mejor, pero engancharte a una serie era considerado un delito de lesa disciplina. Así que tuve que disfrutar de mi amor por Remington Steele a escondidas, gracias a la complicidad de aquel primer VHS y de una cinta (la única que teníamos) machacada, que fastidiaba los cabezales en cuanto desaparecía tras la alargada lengüeta. Aún hoy el crepitar del celofán me pone la carne de gallina; recuerdo el dedo sobre el botón de tracking y, poco a poco, las rayas que iban desapareciendo…
Yo pensaba que en la universidad todo sería diferente, pero no. Podías colar una cita de Woody Allen en cada conversación y nadie te consideraba una friki. Al contrario: eras la más guay. Pero ay de ti si se te ocurría confesar que encendías el televisor en soledad (en grupo, también estaban permitido ver fútbol) para algo más que estar al tanto de las noticias o ver Blood Simple en el Cineclub de madrugada. Conozco a uno que se atrevió a reconocer que, en su época de instituto, había echado un vistazo a algún capítulo de Farmacia de guardia: pasó de inmediato a convertirse en un paria intelectual. Fueron unos años muy duros.
Un martes del invierno de 1996, creada por Michael Crichton, E. R. apareció en el prime time de Televisión Española. Nunca había visto nada parecido. Desde que arrancaron los créditos no pude apartar los ojos de la pantalla. La cámara volaba, literalmente, por los pasillos del County General de Chicago. Igual que el pardillo llamado Carter procuraba no liarme, entre la incesante actividad y el exceso de información. Conocía la teoría pero, como el residente novato, estaba a punto de perder la virginidad y enfrentarme al mundo real: realización, diálogos, dirección, iluminación, trama, dirección artística, personajes, se materializaron y se combinaron con agilidad, espectáculo, riesgo, trasgresión, elegancia, pulcritud, naturalidad. No había duda, aquella era la serie perfecta. Estaba en éxtasis. Envalentonada por la euforia, al día siguiente, en mitad de una tertulia de sesudos plumillas, como un kamikaze del batallón de la cultura de los integrados, declararé orgullosa: “¡Me gusta la tele!”.
Vaya si han cambiado las cosas desde entonces. Hoy en día, por ejemplo, tener un abuelo republicano está pasadísimo; ahora lo que se lleva es presumir de que, en los noventa, ninguno podíamos despegarnos de Twin Peaks. Yo confieso que nunca me puso lo más mínimo tanto enano raro, tanta frase surrealista y tanto secundario de West Side Story. De todas las series que han pasado por mi vida E. R. ha sido quizá la más determinante y, sin duda, la más duradera hasta la fecha. Televisión Española se empeñó desde el principio en que lo nuestro no funcionara, cambiando los horarios de emisión y retirándola sin previo aviso. Yo, como la sufrida esposa de un médico, esperaba un nuevo encuentro ansiosa, despierta hasta altas horas de la mañana.
Después de diez años, la cosa se enfrió. No es que ya no me gustara pero las circunstancias cambiaron mucho. Estalló una revolución y, de la noche a la mañana resultó que ya no teníamos que estar sujetos a la dictadura de las cadenas de televisión. Empezaron a aparecer series por todas partes, frescas, arrebatadoras; muchas eran solo fachada, bien es cierto, pero tardé en darme cuenta. La carne es débil y los primeros cinco minutos eran tan contundentes… me dejé seducir.
Continué sabiendo de ella por lo que leía y lo que me contaban. Lejos de perderse como lágrimas en la lluvia, los buenos momentos que pasé con E. R. vuelven ahora, justo cuando su vida se extingue, como recortes en un álbum. Recopilados, un puñado de proezas televisivas: un falso documental emitido en directo (dos veces en la misma noche: una para la costa Este, otra para la costa Oeste), un episodio tipo “Memento”, construido a base de pequeños tramos que, desde el final, recapitulan la historia; un emocionante secuestro en el que un escocés llamado Ewan McGregor nos tiene sin salir de una pequeña tienda, y con el corazón en un puño, durante 45 minutos; ejercicios de virtuosismo narrativo donde el principio de un día de guardia transcurre paralelo al final de la noche… de ese mismo día. En otra página, un hijo sordo que cura la soberbia de Benton, un esquizofrénico que abre en canal a Lucy, un helicóptero que amputa el brazo de Romano, un pequeño terminal al que Doug alivia con la dosis de morfina adecuada, una bombero que enseña a Weaver que es sano ser gay, el nacimiento de las gemelas de Carol, la muerte de Marc…
En fin, las cosas que pasan en un hospital.
Descanse en paz.
P. S. ¡Qué despiste!, casi se me olvida mencionar que E. R., como todo el mundo sabe, descubrió para el gran público a un actor que llevaba años defendiendo secundarios en la tele y que, gracias a su paso por el County General, vio despegar una brillante trayectoria profesional: desde luego, William H. Macy tiene mucho que agradecer a E. R.
Favoritos para el Óscar
Por Fernando Mexía - Antonio Martín, Cine, Columnistas, Kubelick, headline - 02/02/2009

Los columnistas cinéfilos de El plumilla, Antonio Martín y Kubelick, junto con la colaboración especial desde Nueva York del periodista especializado en cine David Valenzuela, hacen sus apuestas sobre quiénes se llevarán a casa una estatuilla en la próxima gala de los Óscar, que tendrá lugar el 22 de febrero en Los Angeles. Unos pronósticos en los que también participa el autor de este blog, Fernando Mexía.
Antonio Martín,
Kubelick (sigue su blog aquí),
David Valenzuela y
Fernando Mexía.
Mejor película:
Tal y como se debate en Hollywood, los votos de los expertos de El plumilla son inconcluyentes. El duelo entre la revelación “Slumdog Millionaire” y “The Curious Case of Benjamin Button” por la estatuilla a la mejor película perdurará hasta el día de la ceremonia.
Slumdog Millionaire “ha sido la gran sorpresa del año” capaz de dejarte “anclado en la butaca con ganas de reír y llorar”, explica Valenzuela, para quien el filme te deja con la “sensación de haber visto algo nuevo”. Mi voto fue también para esta cinta porque ha arrasado en todos los premios concedidos hasta la fecha, por encima de Benjamin Button. Parece la gran favorita.
No obstante, Antonio Martín defendió el drama protagonizado por Brad Pitt y confía en que la Academia se decante “por un título casero. Tiene magia, tiene nombres conocidos, es larga… muchos ingredientes que gustan a quienes votan”, dijo. Si bien, Martín no cree que esta cinta logre ningún otro premio importante.
Kubelick describió el duelo Slumdog-Button como una lucha épica de “David contra Goliat”, la independiente india contra la superproducción estadounidense. A pesar de que todo apunta a la victoria de “Slumdog Millionaire” para la analista de El plumilla, ella entrega su voto a Benjamin Button en virtud de la química tándem Marshall- Kennedy, veteranos productores de Hollywood y aliados de Spielberg en la saga de “Indiana Jones” o “ET”, entre otras.
Una baza que parece empezar a jugar a favor de Benjamin Button es, curiosamente, el exceso de éxito de Slumdog Millionaire. Tras el baño de premios, la prensa estadounidense ha empezado a sacarle pegas a la historia, que fracasa en taquilla en la India, y algunos ya la acusan de pasar de puntillas por la pobreza de los barrios de Bombai como excusa para contar una enternecedora historia romántica.
Mejor actriz:
El Óscar tiene un nombre propio: Kate Winslet.
“Que se lo den a Kate Winslet que ya va siendo hora”, comentan Kubelick y Valenzuela y no les falta razón. La británica suma con “The Reader” su sexta candidatura sin haber conquistado aún la estatuilla. La actriz ha convencido con su interpretación en ese filme a casi todos los jurados y es la gran favorita, con la salvedad de que en esta ocasión compite con “The Reader” como actriz protagonista y no como secundaria, tal y como ocurrió en los Globos de Oro o en los premios del Sindicato de Actores.
Valenzuela pide el Óscar para Winslet, “porque Meryl Streep ya tiene un par de estatuillas, aunque a su juicio la nominación debería haber sido por “Revolutionary Road”.
Martín por su parte no lo ve tan claro. “Es uno de los premios más reñidos, a mi entender. Es posible que Winslet se lo lleve, pero también que le vuelvan a dar con la puerta en las narices. Y la historia de una recién llegada a los Óscar con una gran actuación siempre tira”, señaló refiriéndose a su elegida, Anne Hathaway.
Por mi parte, creo es el turno de Winslet y considero que su nominación por “The Reader” en la categoría principal ha sido un gesto de la Academia para garantizarle el éxito y evitar que la actriz hiciese doblete como protagonista y secundaria.
Mejor actor:
Sean Penn lleva ventaja en los prónosticos de El plumilla, aunque por poco porque la votación ha estado bastante disputada.
Valenzuela se decantó por Penn y su transformación en Harvey Milk. Una interpretación de quitarse el sombrero sin duda para este consagrado actor. Reconozco que mi voto fue para el protagonista de “Mystic River” en el último momento, porque tenía previsto confiar en Mickey Rourke por las mismas razones por las que lo ha hecho Martín: “Hollywood y las resurreciones, una historia de amor sin fin. Sólo podría hacerle sombra Sean Penn, pero la gente está acostumbrada a que éste clave sus papeles”, dijo.
En esas estaba yo hasta que vi como los propios actores se decantaban por Penn en los premios de su sindicato. Una señal de que el regreso de Rourke no ha generado tantas simpatías como se podía presuponer.
Kubelick, no obstante, se la juega por Jenkins, quien sin grandes campañas ni taquillas se ha colado entre los cinco mejores actores del año para la Academia.
“Varios mitos del Olimpo cinematográfico recopilados en esta categoría: el omnipresente Penn, el pluscuamperfecto Pitt, el secundario de lujo Langella y el resucitado Rourke. Qué vértigo, casi mejor trasladarse A dos metros bajo tierra y homenajear al muerto más vivo de la tele. Lo reconozco, me haría mucha ilusión ver al patriarca de los Fisher recoger un Óscar”, indicó Kubelick.
Mejor actriz secundaria:
Única categoría en la que ha habido consenso. Penélope Cruz se llevará el Óscar. Sin Winslet en el horizonte para hacerle sombra y tras cosechar múltiples premios de la crítica en EEUU, “Pé” tiene la estatuilla a punto de caramelo.
“En justicia, esa Maria Elena mediterránea, arrabalera y glamurosa es lo único bueno de la horterada de película ( Vicky Cristina Barcelona) que le ha pagado unas vacaciones por Europa al genio de Manhattan (Woody Allen). Espero que la bendición de los secundarios de Woody Allen caiga sobre Penélope Cruz y que, igual que Wiest, Sorvino y Caine antes que ella, gane el Oscar y se lo traiga a España a lucirlo. La prensa tendría entonces que dejar de insinuar que es más arrogante y aprovechada que buena actriz, empezar a barrer para casa y cantar sus alabanzas. Estoy deseando ver el reportaje de Informe Semanal (programa de la televisón pública española): De Alcobendas a Sunset Boulevard”, afirmó Kubelick.
En la misma línea se pronunciaron Martín y Valenzuela. “Creo que brilla tanto en la peli de Allen porque el resto es mediocre. Ojalá se lo lleve y podamos contarlo. Sin Winslet en la carrera, tiene vía libre. Lo contrario sería una sorpresa”, aseguró Martín. “Pese a todo, esta madrileña es de lo mejor que ha dado el cine español. Cruz ha sido capaz de debutar con Woody Allen y dejar por los suelos a Scarlett Johansson y al mismísimo Bardem, además de salvar una película que, si ella no apareciera, no pasaría de reportaje de viajes un pelín manido”, destacó Valenzuela.
Mejor actor secundario:
Podría parecer que el difunto Heath Ledger tiene el Óscar en el bolsillo, pero las opciones del maléfico “Joker” a las estatuillas pueden haber llegado un poco cascadas. A fin de cuentas hace ya más de un año de su fallecimiento y muchos meses desde que se estrenó la última secuela de Batman. Por mi parte, creo que su papel merece el Óscar, pero que “El caballero oscuro” ha dejado en la sombra a otras grandes actuaciones.
Martín defiende a Ledger con vehemencia. “No hay posible discusión ni es cuestión de morbo. Digan lo que digan. Es que este hombre se sale en este papel”. Pero Valenzuela cree que Michael Shannon está por encima de las fatalidades del actor australiano. Convencido de la calidad de “Revolutionary Road”, este periodista cree que la interpretación de Shannon “junto a la de Winslet en este filme de Sam Mendes, es de lo mejor del año”.
Kubelick optó sin embargo por Josh Brolin, por “el papel más políticamente incorrecto del 2008″ y sirvió de portavoz de la legión de cinéfilos que dudan de que Ledger hubiese ganado el Óscar sin el “plus” que da en Hollywood aquello de morir joven: ”¿habría ganado el premio Heath Ledger por un personaje histrión como su Joker de estar hoy vivo? Lo dudo. Para recoger premios, Shannon aún tiene tiempo y Hoffman ya tiene muchos. ¿Irán de nuevo los tiros por el rollito necrófilo? ¿Asistiremos a otro sonrojante standup ovation, en loor del bonito cadáver?”, dijo.
Mejor director:
Danny Boyle lo ha ganado todo este año, no creo que el Óscar se le escape. En esas están también Antonio Martín y David Valenzuela quienes creen que la Academia premiará al británico por “arriesgarse hacia lo desconocido sin ser consciente de la gran película que estaba dirigiendo” (Valenzuela) y porque Hollywood se decantará por el “toque ‘indie’” (Martín).
“Esta especie de “Ciudad de Dios” made in India tendrá que conformarse con este premio. Y yo encantado, que me encanta Boyle. Pero es muy posible que Fincher se lo arrebate”, aclaró Martín.
No sin cierta indignación, Kubelick arremetió contra la elección de la Academia y se decantó por David Fincher.
“Cuatro de los cinco nominados este año están en mi ranking personal de directores más sobrevalorados de todos los tiempos; Stephen Daldry y Danny Boyle, además, ocupando lugares destacados. Las pelis con los que ambos saltaron a la fama, las noventeras (¿se usa ya este término?) ‘Trainspotting’ (Boyle) y ‘Billy Elliot’ (Daldry) acumulan puntos extra por el agravante de oportunismo generacional. Gus Van Sant cayó en picado en mi escalafón desde que los críticos se la juraron por copiar ‘Psicosis’ plano a plano. Subiendo y bajando en esa lista está también Ron Howard, según le den premios inmerecidos (Una mente maravillosa) o no. El quinto de los directores que optan al Oscar este año encabeza otra lista muy diferente: “nombres imprescindibles para entender el cine de los últimos quince años”.
Mejor guión original:
“Creo que este premio deberían dárselo a cualquier guionista de Pixar que quiera ir a recogerlo al Kodak Theatre. Al fin y al cabo, animación o acción real, esta gente se dedica a contar historias. Y hace bastante tiempo ya que las suyas son siempre las más divertidas del año”, argumentó Kubelick al dar su voto a “Wall-E“. El filme del robot solitario en una Tierra postapocalíptica peleó para entrar en las nominaciones de mejor película del año, aunque finalmente se tuvo que contentar con la nada desdeñable candidatura de mejor cinta animada de 2008, galardón que ganará. A mi juicio, el premio del guión podría ser el reconocimiento extra de la Academia para “Wall-E”.
Antonio Martín prefirió el toque “indie” de “Frozen River” y Valenzuela apostó por la victoria de “Mike Leigh, para ver si a la sexta va la vencida y se lleva el Óscar de una vez con una película, “Happy-Go-Lucky”, que es capaz de reconciliar con la vida al mayor de los amargados”.
NOTAS
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//La papeleta de con los nombres de los candidatos mostrada en la última imagen de este post es la misma que reciben este año los miembros de la Academia de Hollywood para decidir los ganadores de los Óscar. Estos premios se votan con papel y lápiz. Desde Spielberg hasta George Clooney votan a sus filmes y actores preferidos rellenando un formulario como ese y reenviándolo a la empresa que se encarga del recuento antes del 17 de febrero.//
Hija de…
Por Fernando Mexía - Cine, Columnistas, Kubelick - 10/01/2009
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The Guitar de Amy Redford (2008)
En nuestra época no está bien visto heredar privilegios. Tenemos la estúpida creencia de que, para ser dignos de ellos, nuestros haberes deben ser fruto del esfuerzo. Por eso, cuando a los hijos de artistas consagrados les da por seguir los pasos de sus progenitores, nos dejamos corroer por la envidia del currelante, repartimos mayúsculas enes (de nepotismo) escarlata y les acusamos de ocupar una plaza para la que no han hecho suficientes méritos. Los agentes de Hollywood, esos astutos seres que diseñan las vidas irreales que el resto del mundo codiciamos, aprenden en primero de carrera que, para hacer simpático a un retoño enchufado, hay que echar mano del subterfugio del cine indie.
El caso más resultón de los últimos años ha sido el de Sofia Coppola y el más reciente el de Amy Redford. El padre de la primera, Francis Ford, ya había encontrado trabajo en el negocio a toda su parentela, incluyendo, por desgracia, al cargante primo Nicholas (Cage); la niña de sus ojos, claro está, no iba a ser menos. Por su parte Robert, el Sundance Kid, es el tipo que robó Utah a los mormones convirtiendo las cabañas de los alrededores del Lago Salado en los cuartos de visionado de aquellos ejecutivos de majors que otrora le concedieron el título de Brad Pitt de los 70; entre tanta pasta y tanto amigo, raro sería que no encontráramos dónde colocar a la niña.
Tanto Amy como Sofia probaron suerte primero en la interpretación. No eran ni guapas ni buenas actrices, así que optaron por ocupar la plaza que se les reservaba por derecho de nacimiento y pasar a dirigir películas. Para nuestra tortura (y su descrédito) la saca de la herencia paterna no incluía talento. La diferencia entre Sofia Coppola y Amy Redford es que la primera se juntó con una pandilla más molona. Esos domingos viendo la MTV y fumando petas con su colega (después marido y actual ex) Spike Jonze no cayeron en saco roto. Si su debut cinematográfico, “Las Vírgenes Suicidas”, era un videoclip muy largo con la profundidad narrativa de un vaso de chupito, “The Guitar”, la opera prima de la benjamina de Redford, tiene la de un dedal. La trama del film, que se ha paseado sin sonrojarse por los festivales de Karlovy Vary (República Checa) y Valladolid (España), serviría, bien para la contraportada del DVD, bien como testimonio de octavilla de una de esas religiones de nuevo cuño que se anuncian a las puertas de los herbolarios. “Mel era una chica anodina con un trabajo, un novio, una vida, en definitiva, que no le gustaba, hasta que una mañana le diagnosticaron un cáncer terminal. Mel decidió entonces mandarlo todo, vida, trabajo y novio, a hacer gárgaras” Sí amigos, en el universo de Amy Redford las chicas normales se parecen a Saffron Burrows y los tumores mortales se curan entonando el carpe diem del niñato pijo: pasa de lo que te digan, alquila un ático de lujo, llénalo de lámparas de decoración del Soho, de a cuatro mil la pieza, conviértete en el auténtico Guitar Hero y, sobre todo, monta orgías con extraños; que quede claro que no estamos en 1987 y que esto no es una peli de Penny Marshall para la Disney.
No sé si Amy Redford terminará ganando uno de esos Oscars de discriminación positiva, verbi gratia, la primera rubia menor de 45 años que consigue sacar un largometraje de un guión con cuatro páginas de diálogos. Da igual. La mitad de nosotros mataríamos por conseguir lo que es, hasta la fecha, su mayor aportación a la historia del audiovisual: un figurante con frase en un capítulo de “Los Soprano”.
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