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El suplicio de volar
Por Fernando Mexía - sociedad - 25/11/2009
Fernando Mexía, El plumilla.
Es innegable estadísticamente que el avión es el medio moderno más seguro para viajar, pero no hay duda de que también es el más incómodo; aunque sobre eso no haya informes oficiales ni sesudos estudios. Con tal de llegar antes a los sitios los pasajeros aceptamos una serie de abusos que comienzan desde que uno pone el pie en el aeropuerto y terminan…, bueno, uno nunca sabe cuándo terminan.
Hablo, claro está, del infierno de la clase turista. Cómo será la cosa de fea que hay hasta un síndrome médico que lleva su nombre. No conozco otro medio de transporte actual en el que, accidentes al margen, el cliente asuma el riesgo de llegar a su destino con una patología.
Un avión es un entorno hostil. Un largo pasillo congestionado de asientos en el que uno aprende el valor de un centímetro, ese que siempre falta para estar a gusto. Flanqueada la puerta de acceso y saludada a la habitual tripulación sonriente, el panorama es desconsolador. Comienza una carrera de obstáculos para alcanzar el sitio asignado esquivando viajeros que hacen malabares para subir sus pesados equipajes de mano a los portamaletas. El “tetris” de ajustar las pertenecias del pasaje dentro de la cabina merecería un post aparte, pero me limitaré a decir que es una consecuencia de las restrictivas, ridículas y conflictivas políticas de facturación de las aerolíneas. Nadie en su sano juicio jugaría a ser halterofílico en un avión o llevaría a mano kilos y kilos de libros y otros enseres inútiles mientras se vuela si no fuera por cómo son las cosas. Leer el resto de la entrada »
Perder las maletas, una rutina aérea
Por Fernando Mexía - headline, sociedad - 24/12/2008
Lo dicen las estadísticas, el avión es el método de transporte más seguro… para perder el equipaje. No es extraño que a más de uno le tiemble el pulso a la hora de facturar; una ceremonia fría en la que entregamos nuestras pertenencias a un desconocido a cambio de un código de barras que bien parece un boleto de lotería. Al fin y al cabo, la suerte es un factor fundamental a la hora de recuperar las maletas.
Las cifras hablan por sí solas. Un 1,6 por ciento de lo facturado en Europa en 2007 no llegó a su destino al mismo tiempo que su propietario. Aunque parezca insignificante, ese porcentaje supone que, por ejemplo, por cada Boeing 747 lleno de viajeros se presentan 7,2 reclamaciones referidas al equipaje.
En el “viejo continente” la compañía TAP Portugal es la que más maltrata a sus usuarios, casi un 3 por ciento se va a su casa sin sus cosas tras el vuelo, seguida por British Airways, Alitalia, la holandesa KLM y Air France. Las españolas Spanair e Iberia mostraron mejores ratios que sus principales competidores en 2007, aunque se quedaron lejos de la eficacia de Turkish Airlines y Air Malta, con un 0,45 por ciento de incidencias, según los datos de la Asociación Europea de Aerolíneas (AEA).
Las principales compañías estadounidenses solventaron con más éxito que las europeas el traslado de equipajes, al menos sus resulados de octubre de 2008 fueron más positivos: Delta, United, American, US Airways y Continental perdieron menos de un 0,5 por ciento de las maletas facturadas. No obstante, 10.000 unidades se quedan diariamente por el camino en los vuelos estadounidenses.
Tal y como ocurre en los casinos, con esto de las facturaciones solo es cuestión de tiempo acabar perdiendo.
La legislación es además muy permisiva con las aerolíneas, que en muchos casos solo están dipuestas a indemnizar con una cantidad mínima al viajero que pagó religiosamente un servicio de transporte completo. Iberia, por citar un caso, asegura que abona hasta 50 euros (unos 65 dólares) diarios durante una semana en concepto de ropa y aseo mientras no aparezca el equipaje extraviado . El dinero tiene que adelantarlo el pasajero y la compañía estudiará los recibos que éste presente posteriormente para ver la cantidad que le corresponde. En ningún sitio se dice nada de que el usuario tenga derecho a exigir una compensación por el perjuicio que el incidente le haya podido causar, más allá del coste de cambiarse la ropa interior y comprar un cepillo de dientes.
A los 21 días Iberia da por terminada la búsqueda y se inicia el procedimiento de indemnización por el valor de la maleta y su contenido, que se resume en varios centenares de euros.
Hoy en día, tal y como están los precios, la pérdida del equipaje no es un buen negocio para casi nadie, pero especialmente para el viajero, a quien en muy pocas ocasiones le compensará el cambio de dinero por mercancía.
Las compañías aéreas afirman que ponen todo su empeño en mejorar los mecanismos para que no se pierdan las maletas, si bien, en el último viaje que realicé desde Los Angeles a Madrid con cambio en Londres, los operarios de British Airways ya me advirtieron en California de que mi equipaje no llegaría a España. Esto es verídico a la par que vergonzoso. A pesar de los esfuerzos por conseguir saber si la maleta había hecho el trasbordo de aviones en la capital inglesa no fue hasta el último momento cuando recibí, con indiferencia por parte del operario de la aerolínea (Iberia, en este caso), la confirmación de que “no sabemos dónde se quedó su equipaje”. Nada se pudo hacer, porque nadie quiso hacer nada.
Uno se plantea si la mejora de sistemas para evitar que se extravíen las maletas exigirán en el futuro de la intervención del pasajero en las escalas para que presione al personal de tierra con el fin de que los bultos lleguen felizmente a destino.
Lo curioso del asunto es que el equipaje que se “pierde para siempre” acaba siendo subastado por las compañías aéreas y comprado en lotes por empresas como Unclaimed Baggage Center, un establecimiento situado en Scottsboro, Alabama (EE.UU.) que recibe cada año miles de visitantes que recorren centenares de millas en busca de una ganga con origen en la maleta de alguien que nunca quiso que se vendieran sus pertenencias.
Los responsables de la tienda explicaron en un reportaje que tienen acuerdos especiales con las aerolineas para conseguir la “mercancía” a un buen precio, lo que les permite poner a la venta ropa, joyas, artículos electrónicos o deportivos un 80 por ciento más barato del valor que tendría el producto si fuera nuevo.
Una industria parasitaria que crece al amparo de la ineficacia de las compañías aéreas y la indefensión del pasajero.









