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La guerra en casa
Por Fernando Mexía - Política, sociedad - 05/12/2009
Fernando Mexía, El plumilla.
Obama anunció esta semana el envío de 30.000 soldados más al frente de Afganistán por el bien de las
libertades y la seguridad de EEUU. Una decisión pro bélica que vendió con resignación, casi pidiendo perdón a sus votantes. Le faltó decir que no le quedaba otro remedio.
La idea del enemigo barbudo acuartelado entre rocas en inóspitos paisajes lunares de alta montaña en Asia Central es un estereotipo mucho más funcional que el del vecino de la puerta de al lado, casado y con hijos, trabajador creyente, apegado a los símbolos patrióticos, republicano y con discurso xenófobo. Pero en la retaguardia del gran imperio de la hamburguesa los rivales de la democracia se están reagrupando.
Al menos 50 milicias armadas se han consolidado desde la elección de Barack Obama hace poco más de un año. La crisis económica y el empeoramiento de las condiciones sociales, la salida de los “halcones” de la Casa Blanca y el talante dialogante del afroamericano Obama ha tenido como respuesta el florecimiento de un discurso intolerante y racista cubierto por una apología de defensa de los valores “reales” de la sociedad estadounidense. Valores que, según los milicianos, están en peligro y hay que proteger a toda costa, aunque sea empuñando un rifle de asalto, mejor dicho, especialmente con el dedo en el gatillo. Leer el resto de la entrada »
Pakistán en el ojo del huracán
Por Fernando Mexía - María Benito, featured - 18/05/2009
María Benito, periodista
Pakistán lucha ahora contra los talibanes
El ejército paquistaní lanzó hace unas semanas una ofensiva contra los talibanes en el noreste del país, zona que los grupos de insurgentes controlan desde hace tiempo. La prensa lleva este último mes dando cuenta de los ataques, avances y retrocesos, de las bajas (aunque resulta muy difícil calcularlas con precisión) en ambos bandos, así como de la catástrofe que puede desencadenar el más de un millón de desplazados a causa de los combates.
Pero la situación no se está complicando en Pakistán, es que nunca fue sencilla. Para empezar a entender, hay que contextualizar y retroceder en el tiempo. Ya saben: de aquellos barros, estos lodos… La pregunta no es ¿qué está pasando en Pakistán?, sino ¿qué está sucediendo en la región? Porque tiene mucho que ver la guerra en Afganistán, la cuestión no resuelta sobre el territorio de Cachemira y las políticas de apoyos y enfrentamientos llevadas a cabo por países como Estados Unidos, Rusia, Irán o Arabia Saudí.
Me parece interesante, sobre este tema, la lectura del último libro de Ahmen Rashid, periodista y analista político especializado en el sur-centro de Asia, titulado Descenso al caos. EEUU y el fracaso de la construcción nacional en Pakistán, Afganistán y Asia Central. Aunque al leerlo hay que tener en cuenta que el autor tiene sus preferencias y sus teorías y, por poner un ejemplo, su descripción sobre la persona y el papel de Hamid Karzai (presidente de Afganistán) difiere de la que hace en algunos artículos la revista Time, es cuestión de perspectivas.
La ofensiva actual
A finales de abril el ejército de Pakistán emprendió, finalmente, una campaña contra los talibanes en la Provincia de la Frontera Noroccidental (NWFP, siglas en inglés), en concreto en el Valle del Swat, que estaba en manos de los talibanes desde hace dos años y que se encuentra aproximadamente a unos 100 kilómetros de la capital, Islamabad.
El enfrentamiento entre el ejército y los talibanes, además de causar bajas en los dos bandos, ha provocado que haya más de 1.100.000 desplazados según ACNUR, a los que hay que sumar el medio millón de personas que huyeron de la región el año pasado ante el avance talibán.
La presencia de los talibanes en esta zona y sus ataques no son nuevos (desde julio de 2007 los atentados han dejado más de 1.800 muertos); fueron entrenados, financiados y armados por el ejército y por los servicios de inteligencia (ISI, siglas en inglés) paquistaníes y se refugiaron en la NWFP en 2002 tras la persecución emprendida por Estados Unidos en su guerra contra el terror en Afganistán.
En febrero, el Gobierno paquistaní firmó un alto el fuego con los talibanes (que lo aceptaron a cambio de imponer la ley islámica -’sharia’- en seis distritos), pero los milicianos aprovecharon este cese para tomar otros dos distritos del noreste (Bajo Dir y Buner). Washington calificó el alto el fuego de “capitulación” y presionó a Islamabad para que lanzase una ofensiva. EEUU teme que los talibanes accedan a las armas nucleares que posee Pakistán, tal y como afirmó hace unas semanas la secretaria de Estado Hilary Clinton. Aunque los responsables paquistaníes siempre han negado que pueda producirse algo así. (Pakistán es, al igual que India, una potencia nuclear desde 1998. No firmó el Tratado de No Proliferación Nuclear y mantiene en secreto el número de armas que tiene y dónde las guarda, aunque se calcula que posee entre 60 y 100 cabezas nucleares).
El portavoz de las fuerzas armadas paquistaníes, el general Abbas, calcula que la insurgencia está compuesta por unos 4.000 hombres armados, aunque otras fuentes dicen que hay hasta 7.000 milicianos. A estos insurgentes se enfrentan entre 12.000 y 15.000 soldados paquistaníes. Abbas no ha querido dar una fecha para el fin de esta “ofensiva a gran escala” y ha garantizado que las tropas permanecerán en la zona “hasta que la tomen por completo y la paz sea restaurada”.
Por otra parte, según la agencia AFP, un portavoz de los talibanes del Swat declaró recientemente que quieren imponer la ’sharia’ en todo Pakistán. Además, los talibanes están recurriendo al secuestro de empresarios y personas acaudaladas para financiarse. Tal y como publicó El País, la policía ha confirmado que en lo que va de año ha habido 169 denuncias de secuestros, aunque el miedo impide a los familiares de las víctimas reconocer que han pagado los rescates exigidos.
Si se consigue erradicar el dominio de los talibanes en esta zona, habrá que invertir en reconstrucción y será necesaria la presencia de un cuerpo de policía preparado para mantener el orden. Pero ahora mismo parece difícil que se vayan a dar ambas condiciones.
Antecedentes
En 1947 se llevó a cabo la partición del Raj británico en dos nuevos estados: India y Pakistán (que hasta 1971 incluía al actual Bangladesh). Pero no quedó resuelta la disputa por Cachemira, que ha ocasionado varios enfrentamientos entre ambos países y ha provocado una enemistad y desconfianza mutuas que todavía perduran.
Desde el principio, Pakistán, que ha estado casi siempre dominado por el Ejército, ha organizado su política centrándose en dos aspectos: su enemistad con India y su interés por instalar un Gobierno amigo en Afganistán. Por eso apoyó a Al Qaeda y a los talibanes.
Pakistán apoyaba abiertamente a los talibanes antes del 11-S: Al Qaeda ayudó a entrenar a los milicianos cachemires (para que se enfrentaran con India) y esperaba tener en los talibanes al Gobierno amigo en el país vecino. Tras el 11-S, tanto el general Pervez Musharraf (jefe del Gobierno paquistaní en 2001) como el ISI llevaron a cabo un doble juego, una política de “sí, pero…”. Estados Unidos fue claro tras los ataques de 2001: o con nosotros o contra nosotros. Y necesitaba el apoyo de Pakistán para poder librar la guerra en Afganistán.
Musharraf se alineó con EEUU (con condiciones: pidió que se levantaran las sanciones que les habían impuesto con anterioridad y solicitó ayudas económicas, que recibieron) y prometió ayudarles, pero no hizo nada para terminar con los talibanes y el ISI, según afirma Rashid, siguió proporcionándoles armas tras el comienzo de la guerra y también les ayudó a escapar de los ataques de EEUU. Además, se les permitió refugiarse en la NWFP, donde hasta ahora han mantenido su propio feudo. Ahora Pakistán parece decidido a combatirlos, habrá que esperar y ver. Y no hay que olvidar que los talibanes siguen combatiendo en Afganistán, pero la de Afganistán es otra historia.
Una curiosidad: Musharraf, que llegó al poder cuando depuso mediante un golpe de estado a Nawaz Sharif, nació en Nueva Delhi en 1943, su madre trabajó para las Naciones Unidas y recibió una educación liberal. Además, tal y como recoge Rashid en su libro, en una entrevista en The Friday Times, dijo una vez: “Me enrolé en el ejército por el glamour”.








